Trenes pijos solo para nuestros ojos

Ser
Aquí os dejo mi columna de opinión que, como cada Viernes, se emite en Cadena SER Radio Granada, a las 8:50 h:
 
Dicen que, en el siglo XXI, las diferencias de clase ya no son tan perceptibles. Mentira. En Granada se pueden tocar cuando en los próximos días le organicemos el recibimiento poco amistoso que se merece al tren Al-Andalus. Porque eso de que a Granada no lleguen trenes es otra mentira que no se convierte en verdad por ser mil veces repetida: a Granada, los que no llegan son los trenes del proletariado.
 
No llegan los Cercanías porque fueron borrados de la faz de la tierra. No llegan los Media Distancia porque sufren el desprecio de lo que se quiere desterrar. Granada solo aspira a que lleguen los trenes pijos para pijos, saludados desde ambos lados de las vías por un pueblo que los observa desde abajo, preciosos, modernos, de diseño, lujosos, pero que no puede subirse a ellos porque no le llega el exiguo presupuesto del que dispone dados los salarios basura que reciben por el sudor de su frente de unos empresarios con los márgenes de beneficio cada día más amplios.
 
Llegará el AVE para que el pueblo lo disfrute desde abajo. Y en estos días llega ya el Al-Andalus, a más de 4.000 € el billete. Porque, claro, por ese precio sí se abre la vía de Moreda como las aguas del Mar Rojo para que pase el tren; los pobres, que se jodan en el autobús, que les está bien empleado por usar los Media Distancia que huelen a miseria.
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“Félix” es el estreno de Cesc Gay como creador de series, dejando un producto para la posteridad y un personaje que cala huesos y alma para siempre

Felix
Cuando todo funciona, surge la magia. Y cuando surge la magia, solo puedes devorar el producto como si te fuera la vida en ello. Es lo que pasa con Félix, la primera serie que firma el gran cineasta Cesc Gay (autor de obras muy mayores, como “En la ciudad” o “Truman”) para Movistar+.
 
Es obvio que el director catalán pretendió desde el principio travestirse de hermanos Coen y buscar un Fargo en la cara más oculta de Andorra. Y la misión ha sido cumplida y bien cumplida, porque ha logrado un producto en el que cabe de todo, bien y a tiempo.
 
Basándose como piedras angulares en el doble juego de:
 
1. La interpretación estratosférica de Leonardo Sbaraglia creando un personaje de esos que calan huesos y alma y se quedan contigo para siempre, un escritor y profesor de literatura que no parece muy espabilado, y que se ha quedado enfermizamente prendado de una china con la que ha tenido una aventura de una noche y que después ha desaparecido misteriosamente.
 
2. Los paisajes nevados de Andorra, un personaje más de la serie, estado fronterizo entre España y Francia, y por tanto cuajado de secretos y dobles vidas como ocurre en cada frontera, donde todos tienen algo que esconder.
 
Unos personajes secundarios extraordinarios y bien perfilados, y las correspondientes piruetas en los giros de guión de un producto noir que se precie, conjuntan una miniserie de 6 episodios ciertamente notable. Junto con “La peste”, “Crematorio” y “Qué fue de Jorge Sanz”, la demostración empírica de que algo va cambiando en la ficción televisiva de este país, y de que el cine de género es nuestra especialidad.

“Sin retorno”, la ópera prima del argentino Miguel Cohan, es un ejercicio estilístico notable a vuelta con el tema del falso culpable

Sin retorno
Seguramente el tema que más obsesione a alguien que se dedica a la práctica judicial como yo es el del falso culpable. El mismo ha dado pie a soberbias obras maestras firmadas por los más grandes, desde Alfred Hitchcock a Juan Antonio Bardem. Y con ese delicado tema decidió debutar tras la cámara el argentino Miguel Cohan dejándonos una cinta que, si bien está lejos de la maestría de las anteriormente citadas, sí que es una dignísima película de género, ejemplar en el tratamiento de dicha temática.
 
Es la historia del atropello mortal de un joven por parte de dos adolescentes, los cuales logran llevar tan bien el tema que acaba siendo acusado del homicidio imprudente un inocente. Y todo lo que ocurre después, en una historia marcada por un guión soberbio que sabe manejar las claves del noir y las elipsis de forma más que notable.
 
Pero la cinta tiene una segunda parte (y una segunda lectura) aún más interesante y apasionante: el cambio físico, psicológico y moral que sufre una persona normal y corriente tras una estancia en prisión. El cambio que sabe mostrar a cámara Leonardo Sbaraglia enfrentado a esa tesitura es magistral, y el análisis y las conclusiones al respecto son muy reveladoras, siendo sin duda lo más notable de esta película, especialmente para aquellas personas que, muy erróneamente, tienen una imagen de la estancia en prisión idílica y paradisíaca.
 
Un film que se beneficia de una dirección rigurosa y coherente, de un guión muy interesante y de unas interpretaciones soberbias, como la del propio Sbaraglia y o el siempre mágico y deslumbrante Federico Luppi.
 
Una cinta muy recomendable.

The Deuce es perfecta; sólo reprocho a David Simon que no rodara más episodios y que no esté ya zambullido en su segunda temporada

The Deuce
He terminado de ver The Deuce y no sé ni por dónde empezar. Quizás por lo más sencillo: lo ha vuelto a hacer, David Simon ha vuelto a repetir los esquemas de forma y contenido de The Wire y Treme, y han vuelto a funcionar con la precisión milimétrica del mejor de los relojes suizos jamás soñados.
 
De nuevo una serie coral donde los personajes se multiplican sin sobrar ninguno, sin quedar ninguno atrás o desdibujado, sin secundarios innecesarios, una serie coral equilibradamente perfecta donde el peso de la trama no tiene más ni mejores protagonistas, sino que todo está repartido.
 
Ha vuelto a traernos la realidad de la calle a nuestra tele, sin edulcorantes ni conservantes, tal cual, cuasi-documental. Si en las 5 temporadas de The Wire eran todos los aspectos de la realidad de Baltimore (las drogas, el puerto como vía de entrada de “todo”, la política, la educación, los medios de comunicación) y Treme fue la mejor incursión en la New Orleans post-Katrina jamás vista, ahora ha decidido que debíamos conocer el Nueva York de principios de los años 70 a través del arranque de la industria del porno.
 
Y el más puro David Simon también brilla como nunca (o como siempre) en las formas: trama que se va cociendo a fuego lento y que premia la constancia, escenas cortas “interruptus” que se van entremezclando entre sí, diálogos perspicaces, personajes con entidad propia, realidad absoluta, clarividencia insuperable.
 
Una vez dijo el dios de HBO (que es lo mismo que decir el dios de la televisión) David Simon: “Yo no hago televisión para el espectador medio. Que se joda. Yo hago televisión que exige”. Y premia, vaya si premia. Exijo mi segunda temporada de The Deuce ya.

Revisitar “Magical Girl” de Carlos Vermut es poder volver a paladear uno de los mejores cócteles que ha dado el cine de este país

Magical girl
Qué privilegio para el cinéfilo resulta poder volver a ver “Magical Girl” de Carlos Vermut, una de las películas más importantes hechas en este país en los últimos años. Perfecto ejemplo de cine noir que deja en el aire de forma magistral más preguntas que respuestas y más incógnitas que certezas en su ritmo pausado pero sin freno hacia el abismo final.
 
Es la historia de un padre que necesita mucho dinero para poder comprar a su hija enferma de leucemia el regalo que más ilusión le hace en la vida. Y, para eso, no va a reparar en prejuicios o principios, porque está dispuesto a saltárselos todos y a todos.
 
Por otro lado, es la historia de Bárbara (magistralmente interpretada por una Bárbara Lennie en estado de gracia), con graves problemas mentales y un pasado demasiado oscuro al que poder recurrir. La vida de ambos se cruza y solo José Sacristán (pura magia en cada plano que aparece reinando en la cinta) podrá resolver el dilema.
 
Entre medias, mundos oscuros y nauseabundos, casas de ricos que esconden secretos inconfesables, exconvictos y profesores, matemáticas y sexo, armas y secretos… Y contado a través de un ritmo pausado que se toma su tiempo para desarrollar la trama con tranquilidad y parsimonia, con credibilidad. Unos encuadres equilibrados y abiertos, una forma muy personal de contarlo todo porque lo tiene todo, absolutamente todo, sencillamente porque “Magical Girl” es uno de los mejores cócteles que se hayan creado en este país, perfecto para el paladar del cinéfilo más exigente.

Qué largo se me está haciendo el franquismo

Ser
Aquí os dejo mi columna de opinión que, como cada Viernes, se emite en Cadena SER Radio Granada, a las 8:50 h:
 
Desde siempre, a los países en los que se puede opinar, crear, escribir, rodar, proyectar o representar lo que consideres oportuno en el libre ejercicio de la libertad de expresión como postulado intocable, se les llama democracia. Y a los países donde eres perseguido por tus opiniones, la cultura tiene límites y vetos la libertad de expresión, dictadura.
 
Como conclusión final obvia, vivimos en una dictadura en la que ya solo nos falta que suene la sintonía del NoDo y nuestros ojos comiencen a ver en blanco y negro inauguraciones de pantanos. Y a dos constataciones empíricas de esta misma semana me remito:
 
1.- El intento del PP de prohibir la representación de una obra de teatro de Alberto San Juan en Pinos Puente. Que tenga lugar un evento cultural en un pueblo que viene apostando por ello te puede gustar o no, puedes sentirte cercano a la obra o lejano, te puede simpatizar el artista o repelerte pero, si no se representa por ello, sencillamente “lo llaman democracia y no lo es”.
 
2.- Las críticas feroces al mejor creador televisivo del planeta, David Simon, creador de series de culto como The Wire o Treme, por atreverse a hacer una serie sobre nuestra Guerra Civil. A quién se le ocurre. En serio, qué largo se me está haciendo el franquismo.

“Gett: el divorcio de Viviane Amsalem” de los cineastas israelíes Ronit y Sholmi Elkabetz es un acercamiento a la realidad de su país, mucho más cerca del estado teocrático que de la democracia (a pesar de lo que nos han vendido)

Gett
No es una gran película, pero sí necesaria y valiente. Nos han querido vender que Israel no es como otros países de Oriente Medio, que es muchísimo más “moderno y occidental”, que existen libertades y no es una sociedad teocráticamente asfixiante. Nos han engañado y “Gett: el divorcio de Viviane Amsalem” de los cineastas israelíes Ronit y Shlomi Elkabetz, es un testimonio impagable de ello.
 
Como si de una versión desde Israel de “Nader y Simin, una separación” de Asghar Farhadi se tratase, utilizando un escenario mínimo (no se sale en toda la película de las dependencias del propio órgano judicial), los hermanos Elkabetz nos sumergen en los entresijos insoportables y ciertamente kafkianos del procedimiento de divorcio en Israel (donde los matrimonios son todos religiosos) ante el Tribunal de Rabinos que los juzga.
 
Si eres mujer y tu marido se niega a concederte el divorcio, comienza un calvario judicial insuperable que puede hacer perder la razón y la paciencia a cualquiera, porque ser mujer en Israel es igual o peor que serlo en los países que la propia Israel señala como teocracias insoportables en el siglo XXI.
 
La religión todo lo puede, e incluso demostrando que no se trata de una mujer adúltera (entonces ya sí que has arruinado tu vida para siempre), Viviane es una mujer que hace años que no ama a su marido y que no tiene más misión y objetivo en la vida que lograr divorciarse de él para poder sentirse libre de nuevo. Pero su marido no quiere concederle el divorcio y el tribunal que la juzga dista mucho de ser ponderado y equilibrado.
 
Ese periplo judicial, quizás excesivo en su metraje, es el que se nos muestra en esta cinta, muy ilustrativa para conocer la Cara B de Israel.