Paul Schrader, siempre mejor guionista que director, firma en “Aflicción” un drama familiar con toques de noir hermoso y solvente, con unas excelentes interpretaciones

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Es obvio que Paul Schrader alcanza cotas mucho más notables como guionista que como director, y recordar que firma los guiones de “Taxi Driver” o “Toro salvaje” de Martin Scorsese es suficiente para fijar la dimensión de la figura del creador del que estamos hablando.
 
Aunque su nivel en la dirección no es tan colosal, “Aflicción” (revisitada en su vigésimo aniversario) es un buen drama, un excelente entretenimiento, duro y gélido como el paisaje rural siempre nevado donde ocurren todos los acontecimientos. Es sabido que, cuanta más nieve, el drama con toques de violencia funciona mejor y, si no, que se lo digan a los hermanos Coen en “Fargo”.
 
En esta ocasión, Schrader adapta también como guionista una novela de Russell Banks, dura y agreste, sobre el lento y paulatino descenso a los infiernos de un policía rural de la América profunda con un pasado familiar del que es imposible salir indemne y la investigación de una oscura muerte entre manos, acaecida durante una jornada de caza en los fríos bosques que aíslan al pueblo.
 
Víctima de los malos tratos desde pequeño de un padre alcohólico (impresionante James Coburn en una interpretación por la que ganó el Oscar al Mejor Actor Secundario), el policía torturado por dentro (un Nick Nolte sobresaliente como siempre) se sabe no querido por su hija tras el divorcio que ha tenido lugar, que su actual relación sentimental está en crisis (una Sissy Spacek siempre solvente) y una tortuosa historia familiar por cerrar con sus padres.
 
Con modestia en la dirección y carencia de llamar la atención tras la cámara, Schrader cede todo el protagonismo a sus actores para que devoren con su capacidad omnímoda escena tras escena de un film que, sin resultar finalmente enorme, sí que sigue suponiendo 20 años después un entretenimiento de primera magnitud.
 
Las escenas finales, tan bellas como enloquecidamente destructivas, dejan un buen sabor de boca en el cinéfilo.
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Si Jeff Nichols (uno de los más grandes) decide retratar el descenso a los infiernos de la locura a través de Michael Shannon y Jessica Chastain sólo puede surgir una obra maestra: “Take shelter”

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Jeff Nichols (el autor del clasicazo atemporal “Mud”) es uno de los grandes autores de la cinematografía de nuestro tiempo, al que siempre hay que seguir con los cinco sentidos en carne viva. Y “Take shelter” es su gran obra maestra. Como definía la crítica de El País, “el apocalipsis perfecto”.
 
Si uno decide dejarse llevar por un guión dirigido por Jeff Nichols dirigido por él mismo, y cuyas interpretaciones corren a cargo de Michael Shannon haciendo de un personaje torturado por sus problemas mentales, y de Jessica Chastain como su sufrida esposa, ¿a qué es imposible que algo suene mejor? ¿A que promete como ninguna otra cosa? ¿A que suena a peliculón para la historia? La respuesta a todas esas preguntas es sí, por supuesto que sí.
 
Porque “Take shelter” es una de las grandes cintas de nuestro tiempo, y el mejor reflejo del abismo de la enfermedad mental en el cine junto con “Cisne negro” de Darren Aronofsky y “Repulsión” de Roman Polanski.
 
El gran Michael Shannon, uno de los más infravalorados actores contemporáneos, borda el papel de un padre de familia aquejado de espantosas pesadillas nocturnas que siempre comienzan con una tormenta descontrolada que termina en algún episodio de violencia. Cada día que pasa, su confusión entre la realidad y su imaginación es mayor, y ello arrastrará a su familia hacia el precipicio, especialmente a su esposa, una Jessica Chastain absolutamente descomunal como siempre para interpretar a una sufrida cónyuge como nunca antes.
 
A medio camino entre el cine indie y las visiones cuajadas de extraordinarios efectos especiales, “Take shelter” describe el camino hacia la locura de una forma tan bella cinematográficamente como aterradora, a través de unos personajes torturados en mitad de las verdes praderas de Ohio.
 
Y luego está la escena de la comida comunitaria, uno de los grandes momentos de la historia del cine, unos minutos electrizantes que hacen guardar silencio al más frío espectador, acongojado y aferrado a su butaca sin creer que el cine pueda llegar a ser tan perfecto, y que ello sólo es posible cuando Jeff Nichols dirige a Michael Shannon.
Su final abierto, con unas cuantas decenas de lecturas posibles, sólo es la guinda de un pastel sublime. ¿Cuál es tu interpretación del final? Espero tu opinión al respecto.

El problema de Kheiron en “O los tres o ninguno” es haber creado 2 películas independientes, funcionando perfectamente la iraní pero sensiblera y edulcorada la francesa

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“O los tres o ninguno” era una apuesta demasiado arriesgada para salir bien por parte de Kheiron por varios factores distintos: en primer lugar, por elegir el tono de comedia ligera para narrar unos acontecimientos ciertamente aterradores; el segundo, porque las dos fases de la vida de los protagonistas que se cuentan son tan diferentes, que acaba convirtiéndose en dos películas completamente distintas, sin conexión la una con la otra.

Es obvio que Kheiron triunfa en su primera parte, en la que se desarrolla en la Irán que vive la represión dictatorial y sangrienta del Sha y, cuando cree que va a poder respirar con un nuevo régimen que lo ha derrocado, acaba resultando que Jomeini es tan dictador o más que el Sha y que todo empeora a pasos agigantados. Todo ello lo cuenta Kheiron de una forma muy sutil, a través del recurso al humor y a pequeños detalles, como puede ser la evolución en las prendas de ropa de las mujeres, desde sus cabezas descubiertas y vestidos totalmente occidentalizados a la opresión estilística impuesta por el Ayatollah Jomeini en su fundamentalismo islamista.

Para contar un periplo tan oscuro de la historia iraní, Kheiron recurre de forma inteligente al preciosismo visual, al esteticismo y a un tono de comedia (negra, como no podría ser de otra forma) que impregna de forma muy inteligente toda esta primera parte de la película.

Ahora bien, cuando sus protagonistas, deciden exiliarse en París, vía Estambul, la película coge un derrotero loable, por cuanto su compromiso social y de confraternidad entre culturas y razas es fantástico y más oportuno que nunca, pero a través de un tono blando, sensiblero y excesivamente edulcorado que acaba afectando negativamente a la función y convirtiendo finalmente la película en algo mucho menor de lo que pareciera en un principio.

El problema de Kheiron en “O los tres o ninguno” es haber creado 2 películas independientes, funcionando perfectamente la iraní pero sensiblera y edulcorada la francesa

“O los tres o ninguno” era una apuesta demasiado arriesgada para salir bien por parte de Kheiron por varios factores distintos: en primer lugar, por elegir el tono de comedia ligera para narrar unos acontecimientos ciertamente aterradores; el segundo, porque las dos fases de la vida de los protagonistas que se cuentan son tan diferentes, que acaba convirtiéndose en dos películas completamente distintas, sin conexión la una con la otra.
 
Es obvio que Kheiron triunfa en su primera parte, en la que se desarrolla en la Irán que vive la represión dictatorial y sangrienta del Sha y, cuando cree que va a poder respirar con un nuevo régimen que lo ha derrocado, acaba resultando que Jomeini es tan dictador o más que el Sha y que todo empeora a pasos agigantados. Todo ello lo cuenta Kheiron de una forma muy sutil, a través del recurso al humor y a pequeños detalles, como puede ser la evolución en las prendas de ropa de las mujeres, desde sus cabezas descubiertas y vestidos totalmente occidentalizados a la opresión estilística impuesta por el Ayatollah Jomeini en su fundamentalismo islamista.
 
Para contar un periplo tan oscuro de la historia iraní, Kheiron recurre de forma inteligente al preciosismo visual, al esteticismo y a un tono de comedia (negra, como no podría ser de otra forma) que impregna de forma muy inteligente toda esta primera parte de la película.
 
Ahora bien, cuando sus protagonistas, deciden exiliarse en París, vía Estambul, la película coge un derrotero loable, por cuanto su compromiso social y de confraternidad entre culturas y razas es fantástico y más oportuno que nunca, pero a través de un tono blando, sensiblero y excesivamente edulcorado que acaba afectando negativamente a la función y convirtiendo finalmente la película en algo mucho menor de lo que pareciera en un principio.

“Una pastelería en Tokio”, como todo film de Naomi Kawase, es tan bella por fuera como falta de sustancia y sabor por dentro, a diferencia de los dorayakis de sus protagonistas

Una pasteleria
La directora Naomi Kawase es, junto con Hirokazu Koreeda, los dos grandes nombres del cine japonés contemporáneo. Ambos reconocidos y legítimos herederos de Yasujiro Ozu, del que copian formas y estilo para modernizarlo sin perder la esencia contemplativa y sencilla del maestro nipón.
 
Y hasta aquí pareciera que me hubiera encantado “Una pastelería en Tokio”, la última película de Naomi Kawase, y visualmente no sólo me ha gustado, sino que me ha entusiasmado, en esa plasmación esteticista de un Tokio lleno de cerezos en flor y pasos a nivel por los que cruzan raudos y veloces estéticos trenes, cuestión que más bien pone los pelos de punta si uno tiene un pensamiento práctico de seguridad vial y peatonal.
 
Pero nada más. El problema del cine de Kawase es que sus premisas argumentales son tan minimalistas que se agotan a mitad del metraje, o incluso antes, lo cual a quien acaban agotando es a la paciencia del espectador. Tienen unos arranques preciosos, unos personajes entrañables y una nada absoluta para el resto del metraje. “Una pastelería en Tokio” no es una excepción.
 
Se trata de la historia de una septuagenaria que entra a trabajar en una pastelería a las órdenes de un joven y que logra, por sí misma y de la mano de la magnificiencia de su receta, mejorar de forma exponencial la calidad de los dorayakis que venden.
 
Todo parece ir mejor, pero… la anciana tiene un secreto que les va a complicar la vida, al pastelero y a una adolescente que nunca se acaba de entender qué hace en mitad de la historia, pero que la convierte en trío por arte de magia nipona.
 
A destacar la interpretación de Kirin Kiki en el papel de la anciana, en su actuación póstuma, ya que ha fallecido recientemente, que llena cada escena en la que aparece y la destila de amabilidad y sabiduría.
 
Paz, una mirada zen, un gusto por lo estético exquisito, un ritmo de horchata en las venas y… un pestiño (nunca mejor dicho dado que se trata de la historia de una pastelería) de argumento. Es el problema que Naomi Kawase tiene siepre conmigo, o quizás todo el cine japonés. Lo mismo es que, a diferencia de la sesuda crítica, tengo la mente demasiado occidentalizada.

“El día de mañana” de Mariano Barroso es una serie un peldaño por debajo de “Gigantes” o “Matar al padre”, pero un certero retrato de la picaresca como forma de vida y… Aura Garrido

El día de mañana
La serie de Mariano Barroso para Movistar+, “El día de mañana” es una buena serie. Es obvio que juega en una liga inferior a las colosales “La peste” de Alberto Rodríguez, “Gigantes” de Enrique Urbizu o “Matar al padre” de Mar Coll, por supuesto, porque estamos hablando en el caso de estos últimos mencionados de productos que han nacido para ser inmortales, pero siendo de resultado inferior, cumple con creces su misión y engancha al espectador con suficientes dosis de calidad.
 
Y, sobre todo, crea un personaje, Justo Gil, que acaba resultando inolvidable, a pesar de que nunca tendré claro si fue un acierto de casting la elección de Oriol Pla para encarnarlo. Es la historia de un imaginativo, caradura y sinvergüenza estafador, que llega desde un remoto pueblo de Los Monegros a la ciudad de Barcelona en 1966, con una madre en estado vegetal a cuestas y demasiadas ganas de triunfar en la vida.
 
Para ello, dar el palo a todo el que se cruce por delante es la especialidad de la casa, incluso si se trata de la chica de la que se enamora, Carme Román, interpretada por la actriz más especial de este país, un portento sobrehumano llamado Aura Garrido que, haciendo honor a su nombre, eleva todo producto en el que aparece con lo que irradia, y que se come literalmente a Oriol Pla y a quien pase por delante en cada escena en la que interviene. Aura Garrido en un ser tan bello como privilegiado en la interpretación y su gelidez física la compensa con un apasionamiento en su actuación de auténtica superdotada. Para mí, ella es la serie, porque será siempre lo que permanecerá en mi recuerdo de la misma, junto con la capacidad omnímoda de sobrevivir de Justo Gil.
 
Con una cuidadísima ambientación al detalle, Mariano Barroso nos asoma a la Barcelona de finales de los 60 y principios de los 70, la del desarrollismo y las oportunidades, y también la de las comisarías de policía donde se torturaba a los detenidos y donde el fascismo campaba a sus anchas persiguiendo rojos por tierra, mar y aire hasta que el régimen franquista languidece.
 
Es cierto que la serie va de más a menos, y que resulta mucho más interesante en la primera parte donde el personaje de Justo Gil va ascendiendo en la escala social a través de las tretas que sólo él bien sabe manejar, y decae un poco (solo un poco) cuando se acaba convirtiendo en una trama de espías entre rojos clandestinos y policías fachas. Aunque el personaje que interpreta Karra Elejalde (el comisario Landa), es un acierto superlativo cargado de infinitos matices. No obstante, el producto es muy interesante y recomendable.

“Matar al padre”, más que una serie, un magistral análisis tragicómico de Mar Coll sobre las relaciones paterno-filiales vistas en 4 momentos de nuestra historia reciente

Matar al padre
Que la directora catalana Mar Coll es una de las grandes especialistas en hurgar en los entresijos casi nunca sanos de esa institución imposible llamada familia no es nuevo. Su filmografía la avala como una mente preclara de semejante análisis, especialmente en su magistral “Tres días con la familia”, una película de esas que no se olvidan una vez que se ha visionado.
 
Era lógico que para Movistar+ entregase un producto de contrastada solvencia y máxima calidad en “Matar al padre”, la historia de una familia barcelonesa normal y corriente, o sea, pura neurosis que Coll sabe ir llevando de forma magistral en el borde del precipicio entre la comedia y el drama, porque de eso se trata, de una tragicomedia donde se te encoje el corazón o ríes dependiendo de las situaciones que va planteando. Es decir, la vida misma.
 
Y una vida muy bien planteada y formulada en su estructura, por cuanto Mar Coll la divide en cuatro episodios, cada uno de ellos ambientado en un año diferente: 1996, 2002, 2008 y 2012. No son fechas casuales. Coinciden con acontecimientos importantes para la sociedad de este país, desde el desarrollismo forzado y la cultura del pelotazo de los inicios, que hicieron del protagonista un nuevo rico con todos sus complementos, hasta la crisis económica, política y moral del final, que arrastra a su personaje principal al abismo en el que hemos caído todos y del que quizás no salgamos ya nunca más.
 
Porque el padre protagonista de la historia, Jacobo Vidal, no es cualquier padre. Un señor que fue víctima de su propio progenitor durante la infancia y que, justo por eso, en la madurez, es verdugo de sus propios hijos debido a la pesada carga que ha arrastrado durante toda su vida. Es un auténtico imbécil neurótico e insoportable maravillosamente interpretado por Gonzalo de Castro. Un ser carente de la más mínima empatía o señal alguna de comprensión humana respecto a sus hijos. Sólo la evolución y los años lograrán ponerlo en su sitio.
 
Y, sin embargo, es imposible no sentir afecto por este ser que nos presenta Mar Coll, porque la serie es tan limpia, tan honesta, tan sencilla en su planteamiento formal y tan profunda que te permite ver que hasta Jacobo tiene su corazón ahí dentro, que está necesitado de afectos, que la soledad le hace mella y que el materialismo consumista deja secuelas.
 
Y todo ello contado con una cámara elegante y firme, que siempre quiere pasar desapercibida para ceder todo el protagonismo a sus actores y actrices, todos ellos soberbios, y que nunca traspasa ninguna línea peligrosa: ni el sentimentalismo en los momentos dramáticos, ni el chiste fácil y la situación ridícula en los cómicos.
 
La mujer,el hijo y la hija de Jacobo no son otros objetos de posesión dentro de su creciente patrimonio personal, y se rebelarán contra quien pretende ser su legítimo propietario porque sí.
 
Especialmente interesante es la relación entre Jacobo y su hijo Tomás, porque es tan tóxica, tan compleja, tan imposible, tan necesaria… Mar Coll describe en ella la esencia misma de las relaciones paterno-filiales que acaban haciendo del verdugo su propia víctima final.