Tras tocar techo con el final de la temporada 7, Shameless no mantiene en la 8 su velocidad de crucero, y solo resulta memorable por la aportación salvajemente enloquecida de Cassidy

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Era misión imposible, y no lo ha logrado. Seguramente el final de la temporada 7 de Shameless haya sido (junto con la aportación del personaje de Bianca en la temporada 5) lo mejor de esta serie de culto de Showtime. Justo por eso la temporada 8 no está a la altura de las circunstancias marcadas en un final de temporada 7 que sonaba enormemente a final de serie, aunque finalmente no lo fuera. Una serie tan longeva parece empeñarse en funcionar mucho mejor en sus temporadas impares que en las pares, y parece que la regla se confirma.
 
Al igual que veo de forma evidente que la serie, en cuanto menos se centra en Fiona Gallagher, la auténtica alma de todo el espectáculo, la piedra angular de esta serie para la historia, menos apasionante resulta. Si le sumas que, el otro gran aliciente, la persistente y continua caída a los infiernos del patriarca (por llamarle algo a ese hedonista, egocéntrico, delincuente, alcohólico y drogadicto padre de familia) Frank Gallagher parece detenerse porque pretende (al menos en la primera parte de la temporada) ganarse la vida honradamente, lo cierto es que acaba resultando en líneas generales un tanto blanda.
 
Seamos sinceros, algunos llevamos ya más de medio año de nuestras vidas siguiendo temporada tras temporada Shameless porque nos interesa saber qué está pasando con la vida de Fiona Gallagher, esa chica de la que es absolutamente imposible no estar enamorado hasta las trancas y de forma absoluta, y con cuyo carácter, personalidad y fortaleza podemos contar para aferrarnos a la vida.
 
Fiona no es la gran protagonista de la temporada 8, y por eso se resiente. Si bien es cierto que, más allá de los personajes de sus inquilinas que poco aportan, al final de la temporada todo se le complica, la toma de posición de otras tramas frente a la de Fiona a mí me aleja del éxtasis que suele acompañar al visionado de este producto de Showtime.
 
Me aferro a Lip, para mí el otro gran personaje de la serie, que pretende hacer el bien sin acabar de conseguirlo del todo nunca y que va a sufrir en esta temporada una pérdida desgarradora, quizás el mejor momento de la entrega 8 de Shameless sea ese momento en el que abandona un funeral sin participar en el mismo.
 
Eso sí, Shameless nunca te deja sin alguna aportación magistral, y en esta temporada es la del personaje de la desequilibrada nueva novia de Carl, Cassidy, interpretada por la actriz Sammi Hanratty, una auténtica revelación cómica.
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Despertar con ira del sueño de los justos

Cadena SER
Aquí os dejo mi columna de opinión que, como cada viernes, se emite en Cadena SER Radio Granada, a las 8:20 h:
 
El pueblo está desesperado, desesperanzado, hambriento, abandonado a su suerte porque su voz es mero grito desgarrador en medio del desierto. Con la escopeta en la mano, ya no sabe si disparar contra el cielo, contra alguien o contra sí mismo.
 
Comprueba, desde los arrabales de Granada adonde ha sido expulsado por la especulación urbanística corrupta y alimentada por el fenómeno turístico, cómo nuestros representantes se ríen de nosotros en nuestra cara: Susana Díaz, aparentando que aún tiene pretendientes para gobernar; el PP, olvidando cínicamente aquello de que gobierne la lista más votada; Ciudadanos, haciéndonos creer que ya no es tan malo acercarse a VOX; Adelante Andalucía, practicando su clásica antropofagia interna; VOX, dando una lección de historia sobre que el fascismo siempre estuvo más concentrado en hacer que en leer textos jurídicos que impiden lo que pretenden.
 
Mientras, la natalidad se hunde, los fallecimientos se disparan, la esperanza de vida mengua a la par que los medios económicos de un pueblo demacrado y harapiento, más cerca de la subsistencia que de la existencia, necesitado más que nunca de despertar con ira del sueño de los justos, como están haciendo otros.

“Blue Valentine”, deconstrucción del amor que Derek Cianfrance borda, casi a a la altura de “La vida de Adèle” o “Revolutionary Road”, gracias a unas interpretaciones antológicas de Ryan Gosling y Michelle Williams

Blue Valentine
Para mí, el cine moderno nos ofrece un vistazo gélido y descorazonador, descarnado y realista, fuera del manido y tópico ideario del amor eterno, a lo que le ocurre a una pareja después del amor a través de “La vida de Adèle” de Abdellatif Kechiche (la mejor de las tres, afirmado con seguridad absoluta y sin pestañear), “Revolutionary Road” de Sam Mendes y esta soberbia “Blue Valentine” de Derek Cianfrance.
 
Ejemplo modélico y pletórico de lo mejor del drama indie norteamericano, su desgarradora historia de desmontaje palmo a palmo y en desorden cronológico del amor se basa en un guión minucioso y certero y, sobre todo, en la interpretación de sus dos protagonistas, que se lo dejan todo mucho más allá de lo razonable en hacer a sus personajes seres humanos de carne y hueso, porque si lo de Ryan Gosling es maravilloso, no llega a la altura del recital histórico de ella, Michelle Williams, una de las mejores actrices del planeta, que decide dejarnos marcados para siempre por esta historia terrible por real y fidedigna.
 
Donde acierta plenamente y hace grande la cinta Derek Cianfrance es en su desordenado relato del amor, en la deconstrucción de qué ocurre después de que los miembros de una pareja “sean felices y coman perdices”, que es justo donde suelen terminar las comedias románticas con las que Hollywood nos castiga repitiendo la fórmula palomitera una y otra vez sin hartazgo ni vergüenza conocida.
 
La película va mezclando los momentos donde se inició la relación entre sus dos protagonistas con los que están viviendo ahora cuando todo se viene abajo, el amor se ha acabado para ella y, lo que es peor, él ni lo ve, ni lo quiere ver ni lo asume. Y todo ello aderezado por una hija pequeña de por medio. La vida misma.
 
Derek Cianfrance triunfa en ambos campos: en el de ilusionar en torno al nacimiento del amor en una pareja y en el de dinamitar las expectativas de futuro que una relación tiene, mostrando hasta qué punto puede degenerar una pareja en escenas a ratos tensas, a veces desagradables y en alguna ocasión violentas.
 
Radiografía real y descarnada de todo lo que sucede al fin del enamoramiento, cuando ya para casi todo es tarde, es un peliculón con todas las de la ley, y la gran interpretación de ese ser superdotado llamado Michelle Williams.

El otoño de las crudas verdades (mi propuesta de otoño)

Con su carga de inmisericorde melancolía se ha precipitado el otoño sobre nosotros sin piedad ni previo aviso, como siempre vino hasta que deje de hacerlo cualquier postrero día,
desgarrador como siempre presume al mostrarse, 
pleno de hojas amarillas por el suelo alfombrado de desesperanza,
de desconsuelos arracimados entre los charcos, pura lágrima arracimada,
de suspiros que asesinan toda esperanza.
El otoño que se llevó a los últimos testigos de tantas cosas que ahora están de vuelta,
el otoño que nos arrasa por dentro y nos quema con la destemplanza de lo que quisimos haber sido y jamás lograremos ser,
el otoño de las verdades como puños escupidas por la lluvia a la cara,
el otoño que nos remarca que ya es tarde, demasiado tarde, para tomar las decisiones correctas,
con la añoranza de lo que ya no está por venir y de que hay más por detrás que por delante,
el otoño del fracaso y la soledad, de los cielos nubosos que presagian más cataratas de tristezas,
con la banda sonora del viento que ahora mismo aúlla recordándonos que nos queda mucho más malo que bueno por vivir.
El otoño de las verdades, el otoño de las crudas verdades. El otoño.

Rodrigo Sorogoyen es Dios (Antonio De la Torre y Roberto Álamo sus profetas) y su palabra nos cala los huesos hasta el alma con “Que Dios nos perdone”, el thriller perfecto a proyectar en toda academia de cine

Que Dios nos perdone
En el día en el que hemos conocido que el nuevo trabajo de Rodrigo Sorogoyen se alzaba con el número máximo de nominaciones a los Goya 2019, era el día de revisitar un par de años después “Que Dios nos perdone”. Y, señoras y señores, niñas y niños, Rodrigo Sorogoyen, perdón, vamos a escribirlo como se merece, RODRIGO SOROGOYEN no es de este mundo, es un cineasta extraterrestre, con una capacidad para crear cine superlativa, que luce su capacidad superdotada para recrear atmósferas, historias y personajes indelebles que acaban marcando el alma humana para siempre.
 
En otras palabras, Rodrigo Sorogoyen, si no es el mejor director de este país, le falta bien poco. Oigan, que en su haber cuenta con “Stockholm” (todavía estoy intentando recuperarme del shock emocional que me provocó verla y recaer sobre ella, dos veces que han sido dos aldabonazos en mi conciencia), y de “Que Dios nos perdone”, a la que he vuelto hoy para celebrar las nominaciones de este puñetero genio.
 
Comienzo a seguir una hipótesis de trabajo convincente y contrastada: “Que Dios nos perdone” de Rodrigo Sorogoyen es una auténtica pasada, entroncando directamente con lo mejor del thriller policial, perfilando de castiza y autóctona una historia de psicópata realmente notable e inolvidable. Es un peliculón de esos que han marcado, marcan y marcarán nuestro cine, a la altura de “Tarde para la ira” de Raúl Arévalo o “La isla mínima” de Alberto Rodríguez, y con eso ya está todo dicho.
Por derecho propio, forma parte ya de ese grupo selecto formado por obras maestras imperecederas de la talla de las anteriormente mencionadas o “Grupo 7” de Alberto Rodríguez, “El secreto de sus ojos” de Juan José Campanella y con visos y acercamientos de máximo nivel igualando a “Zodiac” y “Seven” de David Fincher.
O sea, que es cine en estado puro del mejor, del máximo, del culmen, del bueno, del de muchos kilates, del que brilla por encima de todo, del que es una gozada, del que tiene más capas que un par de kilos de cebollas en las cocinas de señoras mayores que no saben que van a morir de forma violenta con inminencia tras ser agredidas sexualmente.
Un thriller no tiene términos medios: o funciona y te engancha hasta la médula, o te aburre soberanamente y te desconecta por ya trillado y visto. Este peliculón de Sorogoyen, por supuesto, pertenece al primer grupo, si es que no lo encabeza.
Sencillamente impactante y aterradora. Con una ventaja además en este caso y es la absoluta especialidad de los dos policías protagonistas, realmente personajes cincelados con destreza y apasionamiento en un guión que es ciertamente ejemplar y que crea un aura alrededor de sus dos protagonistas que los hace tan repulsivamente impactantes como inolvidables para siempre, con los que es materialmente imposible empatizar porque son unos capullos integrales pero cuyo futuro te importa, e interpretados por una pareja de actores en estado de gracia, en máximo estado de gracia, a cual mejor, Roberto Álamo y Antonio De la Torre, duelo al sol.
 
Roberto Álamo, legando para la historia del cine un personaje violento, asocial, imposible, un constante volcán en erupción, un tipo que da miedo con una sola mirada. Y, sin embargo, con el que es imposible no encariñarse porque no es más que un desgraciado (muy especial la relación con su hija, demasiado breve en la cinta, pero apasionante a pesar de ello).
 
Antonio De la Torre, calando por enésima vez nuestra alma de forma indeleble (junto con Javier Bardem, para mí, el mejor de nuestros actores en activo), interpretando a un inspector de policía tartamudo, con todo tipo habido y por haber de complejos, aún más asocial que su compañero y con el que, cuando quieres empatizar, te demuestra que es un ser poco recomendable por más que pudiera parecerlo en algún momento de debilidad en torno al fado.
 
Porque, dicho sea de paso, para los que vivimos enamorados de Portugal, la película está cruzada sutilmente por fados, con ese tono melancólico que marca la cinta y que acaba siendo más importante de lo que parece.
Y, como en las mejores muestras del género (como las más arriba descritas), por supuesto, como no podría ser de otra forma, la atmósfera, el lugar, ese verano madrileño asfixiante que transpira ante la cámara, que rezuma sequedad y calor, absorbente, como debe ser en esta obra maestra absoluta de Sorogoyen. Un verano en el Madrid de 2011 marcado por la visita del Papa y el 15M, con las calles en permanente estado de ignición, y no solo por la temperatura ambiental. Se masca la tensión en cada plano, en cada escena, de una ciudad a punto de estallar.
 
Y, en contraste, el clima lluvioso y gélido de su epílogo, glorioso epílogo, histórico epílogo. Una puñetera obra maestra. ¿Cuál es mejor, “Stockholm” o “Que Dios nos perdone”? Menudo dilema. Y yo sin ver aún “El reino”. Merezco que me detenga esa pareja de policías llamados Alfaro y Velarde.

“El ciudadano ilustre” de Mariano Cohn y Gastón Duprat, hábil comedia argentina sobre el inevitable choque de estereotipos entre lo urbano y lo rural

El ciudadano ilustre
“El ciudadano ilustre”, certera y lúcida comedia con buena dosis de mala leche y drama subyacentes, es una hábil creación sarcástica, vitriólica y corrosiva a cuatro manos de los argentinos Mariano Cohn y Gastón Duprat. Se trata del encuentro-choque de un intelectual Premio Nobel de Literatura argentino (alguien que tiene una difícil relación con su entorno, con la prensa y con los convencionalismos propios de los actos sociales) con su hiper-mega-catetísimo pueblo natal, Salas. La hilarante comedia ácida está servida, porque en ella nadie, e insisto en el nadie, es trigo limpio.
 
Porque justo de eso trata el film, y de ahí surge su mejor baza: la deflagración inevitable entre el ciudadano intelectual culto del primer mundo, tirando a pijo, y la miserable e hipócrita sociedad de un pequeño pueblo de provincias argentino, rastrera, baja, llena de prejuicios y estupideces varias, rencorosa y viiolenta.
 
Y lo mejor es que, para ello, la película no abusa en exceso de clichés o estereotipos, sino que juega la baza inteligente y, sobre todo, también sabe sacar a relucir con destreza y mucho sarcasmo las miserias del culto y refinado ser de capital y ciudadano del mundo, que también las hay y a palas. Porque el pobre escritor víctima de las rencillas más pueblerinas, lleva cuarenta años viviendo de los personajes de Salas sin haber pisado su tierra ni haberle importando. En esta cinta, y ahí es sublime, nadie está libre de pecado.
 
Al final, y eso es el mayor acierto del film, la cosa termina en tablas: ambos mundos tienen muchos lados oscuros y mucha afectación y pedantería, cada cual a su manera y a su propio estilo.
 
Es cuando su guión me evoca a algunas obras literarias de David Trueba cuando más y mejor vuela, en esa confrontación a muerte entre el artista y su público, del que poco puede salir vivo.
 
Con una omnipresente y maravillosa interpretación de Óscar Martínez, es obvio que no se trata de una gran película que brille en los anales ni que vaya a pasar a la historia del cine, pero sí de que tiene muchísimo interés y que vale la pena perder tu tiempo y dioptrías para disfrutarla. La mezquindad rural solo puede superarse con la urbana, a cual peor. La humanidad no tiene arreglo, es la moraleja de los directores y la mía.

Los Coen han vuelto y el mundo lo celebra, para subvertir el western a través de una película de episodios, “La balada de Buster Scruggs”, que va de menos a más, y cuyas historias 3 y 5 son piezas de cámara perfectas

La balada de Buster Scruggs
Niñas y niños cinéfilos: los hermanos más aclamados de la historia del cine han vuelto,y lo han hecho por la puerta grande. Joel y Ethan Coen han roto su silencio una vez más para suerte de los que amamos el cine. Han vuelto a fijar su objetivo en un género (en este caso, el western) para reinventarlo y ponerlo patas arriba, para subvertirlo hasta sacar el mejor zumo del mismo.
 
Y, como siempre fue y será, con un estilo estético insuperable y reconocible en cada plano y un tratamiento de la violencia y de la esencia del ser humano muy especial, a medio camino entre el cómic, el drama, la comedia y una visión ácida del ser humano.
 
Se trata de una película de episodios, con 6 relatos completamente independientes que no tienen más conexión entre sí que desarrollarse en la época del Oeste americano. Como en toda película río de distintas historias, las hay mejores y peores, las hay regulares y geniales, y dos de ellas, para quien suscribe este post (tercera y quinta), absolutamente magistrales.
 
Una serie de cortos que van de menos a más, desde mi personal criterio, que comienzan con una primera historia de un legendario cantante pistolero del Oeste midiendo su puntería con quien tenga la mala suerte de cruzarse en su camino (para mí, la historia más floja de la cinta con diferencia, muy flojita) para ir haciendo crecer la peli en un crescendo continuo que siempre hace que la siguiente historia supere a la anterior.
 
La segunda, la compleja paradoja de un hombre que va a ser ahorcado por robar un banco, siendo también de las más flojas de la apuesta de los Coen, comienza a subir el nivel de la tensión y de la excelencia.
 
La tercera, para mí la mejor junto con la quinta, es una absoluta obra maestra. Ese teatro ambulante que va rebotando de pueblo en pueblo con un único actor sin brazos y sin piernas, destila tanta melancolía, es tan agrio, tan decadente, tan majestuoso en su perfección y en su final implacable… Una joya del cine. Una pieza fundamental indiscutible. Con ciertos ecos a esa infravalorada obra maestra que es la serie de HBO “Carnivàle”, te encoge el corazón. La interpretación del gran Liam Neeson es aquí antológica.
 
La cuarta, un prodigio de belleza formal por parte de los Coen filmando la naturaleza de la pradera en su absoluta dimensión bucólica y estética, es la triste historia de un anciano buscador de oro en soledad. Histórica la escena en la que el búho y el anciano se retan con la mirada.
 
La quinta, seguramente la mejor de la película (y sin seguramente), incluso superior a la tercera, es una historia de amor desarrollada en una caravana que atraviesa el Oeste. Por eso nadie dijo que fuera una historia de amor fácil ni con final trillado. Una absoluta obra maestra, para mí es el broche de oro de la película, su culmen, su techo, su momento más sublime. Impresionante interpretación de la joven apocada por parte de Zoe Kazan, la estrella de la función. Su mirada perdida y agobiada de chica que no sabe cómo salir de nada (o sí) hace trascender la película.
 
Y la sexta y última, a menor nivel que quinta y tercera, pero también certera historia postrera que se desarrolla casi íntegramente dentro de una diligencia donde cinco personajes van a abrir los secretos más oscuros de su biografía a través de un polvoriento viaje sin fin.
 
Lo dicho, los Coen han vuelto, esta vez por desgracia no en pantalla grande, pero sí a través de Netflix, y han regresado para dar una vuelta de tuerca a otro género, en este caso el western, superando incluso a “Valor de ley”.