“Captain Fantastic” crece en el revisionado demostrando que hay vida más allá del capitalismo

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Junto con “Manchester frente al mar” de Kenneth Lonergan y “Comanchería”de David Mackenzie, la gran película para los pasados Oscars procedente del paraíso de Sundance, donde el cine indie aún resiste tratando de seguir siéndolo. Me enamoró y me cautivó entonces y exactamente en la misma dimensión 9 meses después, ya clásico reposado para mí. Porque su propuesta sigue captando el corazón y llegando al alma de forma instantánea. Curiosamente, y como no podría ser de otra manera, no estuvo nominada precisamente para la categoría de Oscar a la Mejor Película cuando le dobla el pulso al resto de las ya vistas, con diferencia y por la puerta grande, y tan solo podían competirle el podium las anteriormente citadas.

“Captain Fantastic” de Matt Ross es una absoluta maravilla encantadora y te pone muy fácil enamorarte de ella. Por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, porque en ambas cosas es sublime, como la gran obra maestra que es.

Tenía todo para volverme a enamorar de segundas y lo ha logrado: un formato de road movie (posiblemente el género que mejor funcione para trascender con el cine) a través de los Estados Unidos de una familia seriamente disfuncional camino de un objetivo inconfesable tras la muerte de la madre.

Mientras tanto, la peli desarrolla lo mejor que ofrece: el estilo de vida que el infausto capitalismo nos han vendido como único no lo es en absoluto. Caben otras formas de vivir diferentes, alternativas, no necesariamente peores sino todo lo contrario, fuera de las convenciones y reglas manidas pero preocupadas de la educación profunda y real de los hijos, que quizás no se logre en toda su intensidad dentro de la educación reglada, demasiado reglada, en un mundo decrépito donde la única regla sagrada es “Consumo, luego existo”.

Es un revival del movimiento hippie actualizado 2.0 y quizás necesario en estos tiempos de capitalismo donde todo se usa y se tira sin mirar atrás y sin pensar en las consecuencias.

Ese es el gran acierto de la cinta, crear un envoltorio preciosista para una voraz crítica del capitalismo en general y del consumismo insoportable en el que vivimos en particular. Pero con un tono ligero, de comedia dramática, y con una estructura de road movie perfecta. Pero es un film para gente inteligente y, por tanto, no es iluso. También está dispuesto a demostrarte que es muy complejo vivir al margen del sistema, y que la estructura en la que estamos atrapados no te lo va a poner nada fácil si pretendes nadar a contracorriente. De ahí su final, quizás el único punto flojo de la cinta.

La forma visual de contar la historia que escoge Matt Ross es justo la que se necesitaba, la que sabía que convenía a la narración para un director sabio, que deja respirar los planos y a sus personajes, que embelesa con la belleza de las tierras de Norteamérica.

Pero hay dos personajes que hacen de esta peli una experiencia sublime: por supuesto, el del padre (un Viggo Mortensen que debió haber ganado el Oscar al Mejor Actor sí o sí y que justo por eso no ocurrió) y los diálogos con su hija pequeña. Esa hija pequeña eleva al infinito y más allá la cinta, y la hace tan sensible como necesaria, tan humana como profunda. Puro cine indie del de verdad, del bueno.

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El suicidio de Darwin

Ser
Aquí os dejo mi columna de opinión que, como cada Viernes, se emite en Cadena SER Radio Granada, a las 8:50 horas:
El revisionismo histórico está de moda. Y yo me sumo a la tendencia y afirmo que Darwin no murió en 1882 sino la semana pasada, víctima de un suicidio consumado al comprobar lo incierto de su teoría de la evolución.
Porque, visto en perspectiva el horizonte de esta semana, que el ser humano es pura involución creo que es una tesis doctrinal inapelable. Vivimos en los tiempos de las colas en los comedores sociales, donde las compañías eléctricas han perfeccionado el arte del bandolerismo, donde la clase media murió sepultada en las arenas movedizas de una crisis creada para el enriquecimiento de algunos, donde la violencia machista es comprendida por unos jóvenes más reaccionarios que sus padres, donde reina la pobreza energética, donde los bancos son salvados por el dinero de la gente a la que ahora no le queda nada, donde no se puede opinar sobre ciertos temas porque las hordas salvajes y antropófagas te devoran las entrañas si osas nombrar siquiera a su dios, donde a los trenes se los tragó las entrañas de una tierra reseca y sedienta, donde los derechos laborales penden de la soga de la precariedad, donde se persiguen campañas publicitarias, a humoristas y se boicotean productos por su procedencia, mientras que la corrupción galopa a lomos de la impunidad.
Pura involución, puro error, señor Darwin.

Generation Kill: la genialidad en televisión se llama David Simon y su paseo por las entrañas irracionales de la guerra

Generation Kill
David Simon, a quien considero el mejor creador de series para televisión que haya existido nunca (la gran joya de HBO), es famoso por una frase suya que, más o menos textualmente, viene a decir: “Yo no hago televisión para el espectador medio. Que se joda el espectador medio. Yo hago televisión para quien sea capaz de seguirme”.
 
Lo dice porque puede. Su nivel creativo, intelectual, cultural y de compromiso social está muy por encima de la media. Es un genio, un tipo brillante con una mente insuperable que renuncia voluntariamente a hacer televisión para el pueblo llano. De su privilegiada mental nació ni más ni menos que The Wire, la mejor serie de la historia para muchos críticos. Luego llego Treme, una de las cosas más grandes que le pueden pasar a un seriófilo cinéfilo músico como yo, un retrato inolvidable de la ciudad que más me interesa en el mundo (New Orleans) post-Katrina a través de sus músicos.
 
Era obvio que si en Generation Kill David Simon nos llevaba a las mismísimas entrañas de la guerra de Irak, el resultado iba a ser antológico. Lo ha sido. Porque ese ritmo tan suyo, tan reconocible, tan parsimonioso a través de escenas truncadas que van dosificándose con exquisita paciencia incluso en las trincheras, funciona a la perfección.
 
Su hiperrealismo marca de la casa, sus diálogos cargados de la maravillosa ácida ironía de quien no cree en nada ni nadie, su acercamiento crudo y sin tapujos a la sinrazón de toda guerra, al catálogo de atrocidades que supone siempre, es apabullante. Y a ratos parece un documental, otra marca de la casa.
 
Soldados que no son más que niños grandes habiendo sustituido en su etapa adulta las armas de plástico por las reales, oficiales que no tienen un plan claro que seguir, desconcierto general, errores por doquier, pisoteo de todos los derechos humanos y los convenios internacionales sobre la guerra, la muerte como algo meramente aleatorio, la precariedad de medios de los soldados (comprando incluso piezas necesarias de su bolsillo), el derroche destructivo bélico, la orgía de sangre donde solo pagan los inocentes…
 
Todo eso es lo que nos propone el genio de David Simon en un impresionante e inolvidable paseo por las entrañas de la guerra, por las entrañas de la muerte.

“Érase una vez en América” de Sergio Leone o la orgía cinéfila imprescindible para poder alcanzar el cielo (quién sabe si la mejor película de la historia del cine)

Deborah
Algún día se hará justicia y se colocará a Sergio Leone en el mismo pedestal en el que reinan para siempre Hitchcock, Billy Wilder, Coppola o Lars Von Trier. Sergio Leone es uno de los mejores directores de la historia del cine, y posiblemente el más personal de todos ellos (y estoy reflexionando lo que estoy afirmando sin rubor, no es fruto de un calentón).
Hoy he tenido el privilegio de los dioses de ver la versión extendida de esta película, quién sabe si la mejor de la historia del cine pero, sin duda, y como desgranaré más adelante, seguro que entre las cuatro primeras.
Sergio Leone creó un lenguaje propio, único, personal, intransferible, reconocible en cada plano como quizás nadie haya logrado a esa altura poética, tensa y magnética. Y “Érase una vez en América” es su obra maestra, la traslación al cine mafioso de todos los códigos de la sublimación poética del cine a través del perfeccionamiento minucioso y detallista de su genialmente sudoroso spaghetti-western, insuperable.
En ésta, su obra maestra sublime por encima de todas las demás a años luz, incluso supera los códigos personalísimos que bordara en “Hasta que llegó su hora”. El uso de los tiempos congelados, primerísimos planos de más de un minuto, el juego permanente con el sonido (anulando conversaciones con la música o prolongando sonidos en el tiempo hasta la irritación maravillosa del espectador, como esa escena en la que un teléfono suena durante 3 minutos ininterrumpidamente, similar al sonido del molino de viento de la estación en “Hasta que llegó su hora”), la poesía en cada plano y el uso de los saltos temporales como hilo narrativo explicativo, los reflejos en todos los espejos de Robert De Niro y sus miradas… Todo que hace Leone a Leone alcanza la perfección sublime en “Érase una vez en América”.
Y Ennio Morricone, claro. Porque esta película no existiría ni importaría sin su música. Este film no sería nada sin la música de Morricone. El mejor compositor musical de la historia del cine hace su mejor partitura para esta cinta, o sea, que estamos ante la mejor banda sonora de la historia del cine y “Deborah´s Theme”, para mí, el mejor tema que se haya compuesto jamás para una película.
No se podría entender a Leone sin Morricone. Forman un pack absoluto y la gloria solo se puede alcanzar cuando están juntos.
Esta maravillosa historia iniciática de unos aprendices de gangsters desde su infancia hasta su ancianidad es un orgasmo cinéfilo de principio a fin de sus 4 horas de metraje.
Con las mejores interpretaciones de su vida en el caso de Robert De Niro y de James Woods. Pero, hablando de actores (todos ellos igualmente sublimes) yo no puedo dejar de destacar por encima de todos y todo a Jennifer Connelly, perdón, a JENNIFER CONNELLY (con las mayúsculas más grandes que mi teclado pueda reproducir): su personaje no debe salir más de 15 minutos en una cinta de 4 horas, pero es la dueña y señora de la función cuando se trataba de una actriz aún menor de edad. El personaje de Deborah que construye te acompaña para el resto de tu vida, porque es imposible no caer a sus pies en un espectáculo interpretativo insuperable e inigualable por los siglos de los siglos, incluso mejor que el de Natalie Portman en “Beautiful Girls”.
Junto con la trilogía de “El Padrino”, “Novecento” y “Melancolía”, forma el mejor cuarteto de la historia del cine.

Por Trece Razones, serie mediocre y sobrevalorada con momentos de gran intensidad dramática

Por trece razones

Por Trece Razones no es una buena serie, es más, es bastante mala entre sus episodios 1 a 8, puro cliché de instituto americano mil veces visto. Cuando realmente ocurre algo que contar con suficiente tensión dramática, nos encontramos ya en el episodio 9 y, a partir de ese momento, excesivamente tardío para redimir a la serie, tengo que reconocer que el invento funciona y que incluso alguna escena perturba, sacando del sopor y la inanición a un producto que caminaba fantasmagóricamente hasta entonces.

Me resulta valiente afrontar cara a cara el tema del acoso escolar y el suicidio adolescente y mirarlos de frente. Seguramente incluso necesario, ya que todos somos ya adultos y conocemos que el suicidio es el gran tabú de nuestra sociedad, presente en cada esquina y mucho más frecuente de lo que creemos, pero enterrado por la sociedad y los medios de comunicación como si no existiese, el gran tema sobre el que hemos decidido correr el más tupido de los velos.

Pero esa valentía viene cargada de un formato de intriga que lastra el producto definitivamente. No era necesario prolongar la historia durante 13 innecesarios episodios cuando realmente arranca a la altura del noveno. Y, desde luego, mucho menos le favorece el recurso narrativo de unas poco creíbles 13 cintas de cassette (en pleno 2017) como improbable forma de comunicación de la suicida ante la sociedad argumentando sus razones y causas para tomar tan radical decisión.

Existe un debate mucho más profundo sobre la nimiedad de las causas del suicidio de Hannah y la banalización del peor acto que una persona puede ejercer contra sí mismo en condiciones normales. Estás a punto de abandonar y mandar la serie lo más lejos de ti posible con tanto cliché de niños guapos y pijos de instituto americano (con sus macarras, sus empollones, sus guapas, sus raras y su bueno) hasta que todo estalla en mil pedazos en el episodio 9, cuando en realidad comienza la serie y cuando realmente se tratan temas de intensidad e importancia como las agresiones sexuales, el machismo en los jóvenes, la violencia sobre la mujer reproducida de generación en generación y el suicidio o el alcoholismo como salida ante situaciones imposibles de digerir por demasiado complejas para un adolescente.

En ese final lánguido y excesivamente prolongado se redime la serie, y es en alguna de esas escenas cuando el otrora enorme director Tom McCarthy pareciere despertar y resucitar para aportarnos algo. Un autor que comenzó su carrera enamorándome con “Vías cruzadas” o “The Visitor” y que ha ido derivando hacia el peligroso abismo de la estupidez palomitera, incluyendo entre esta última categoría su sobrevalorada y oscarizada “Spotlight”, tan fronteriza al telefilm como esta serie mediocre que de vez en cuando ofrece momentos sublimes.

Spiriman Cofrade

Ser
Aquí os dejo mi columna de opinión que, como cada Viernes, se emite en Cadena SER Radio Granada, a las 8:50 horas:
Como Saturno devoraba a sus hijos, a veces el personaje creado mata a dentelladas a la persona que se esconde tras él. Es el caso de Jesús Candel fagocitado por Spiriman o el del cofrade consumido por el egocentrismo del que todo lo puede y lo quiere. Son fenómenos concomitantes, que se han encontrado en el espacio y el tiempo quizás no por casualidad.
Hubo un momento donde lo razonable estaba en las manifestaciones de Spiriman, porque lo irracional era la desaparición silenciosa de unos y la presencia apabullante de los otros, poco habituados a vociferar en las calles.
Ahora resulta insensato continuar a su lado, cuando el huracán de furia y odio carece de diques que lo contenga e inunda la ciudad de zafiedades, gritos, insultos y promesas de males futuros. La lista de agraviados ya es mayor que la guía telefónica y ha acabado asesinando a la causa.
Y luego están los cofrades, consentidos y malcriados durante la última década, donde partido y cofradías se confundían y nunca se supo muy bien quién mandaba en quién, y que piensan que la ciudad es suya y así se comportan, a cohetazos y tamborazos que destrozan el silencio, la paz y el sosiego de una ciudad que ya se está cansando de ellos.

The Night Of o HBO demostrando su capacidad soberbia también en el noir

The night of
The Night Of es una soberbia serie, un ejemplo perfecto del mejor noir, del policíaco más oscuro y realista que pueda ser posible, mezclando cine negro, judicial y penitenciario en una copa que te bebes del tirón con tapa de realismo cercano al mejor David Simon de The Wire, Treme o Generation Kill.
Ahora bien, no es una serie sublime. No está a la altura de las dos grandes obras maestras que la han precedido ante mis ojos: El Cuento De La Criada y Big Little Lies. Y el motivo, desde mi personal criterio, es porque la función, perfecta ab initio, decae en su fase final cuando se convierte en cine de juicios, ese que difícilmente gusta a este abogado y que suele apartarlo de toda cinta que lo pretenda.
Porque hasta ahí y sus imposibles giros, el producto era pura realidad: un análisis minucioso y detallista de lo que le ocurre a un buen chico cuando es acusado de un asesinato que no ha cometido. Y no tiene la serie piedad alguna con las miserias del sistema en ninguno de sus aspectos:
1.- Ni en el policial, donde muestra cómo se las gasta la policía y cómo puede adaptar las pruebas a la realidad que necesita para cerrar un caso, importándole bien poco el ciudadano.
2.- Ni en el judicial, donde se muestra lo diferente que es la justicia para ricos y para pobres y las enomes carencias de un procedimiento que se presume garantista.
3.- Y especialmente en el penitenciario, donde, para mí, más brilla la serie: la prisión como máquina para convertir a buenos chicos en delincuentes profesionales y precisos. La prisión que, lejos de rehabilitar y resocializar, es fábrica de futuros grandes delincuentes. La prisión como el gran fracaso colectivo de nuestra sociedad.
Todo ello se sostiene a través de una dirección prodigiosa firmada por Steven Zaillian, hipnótica, magistral, derrochadora, orgullosa de sí misma en cada plano. Y un guión de Richard Price apabullante. Todo marca de la casa de HBO.
Pero, claro, el edificio cobra sentido gracias a dos actores que nos ofrecen una lección magistral histórica de bucear en las entrañas de sus personajes y demostrarnos con una sola mirada o con un gesto un millón de líneas de diálogo: brillantes John Turturro y Riz Ahmed. Prodigiosos. Únicos. Insuperables. Un placer para los sentidos.