“Westworld”, el último caso de producto que va de más a menos hasta el desbarre final

Westworld
“Westworld” es un fracaso artístico de HBO, otrora madre y maestra que cambió para siempre la televisión y trajo la inteligencia y la creatividad a un mundo que, hasta entonces, demostraba electroencefalograma plano y que pasó a ser refugio de los grandes creadores ante el patetismo de la industria del cine.
 
Pero HBO está jugando a correr con los ojos cerrados por el filo del precipicio y, lo que es más grave, a tratar de vendernos como obras maestras meros artificios pirotécnicos sin profundidad real ni calidad contrastada. Es el caso de “Westworld” o de “Juego de tronos”.
 
HBO ya no es lo que era, aquella fábrica de sueños perfectos de la que salieron maravillas inmortales para el cinéfilo más exquisito como “A dos metros bajo tierra”, “Los Soprano”, “The Wire”, “Roma”, “Carnivale”, “Treme”, “Deadwood”, “Larry David”, “Boardwalk Empire” y tantas otras.
 
“Westworld” arranca con una propuesta de ciencia-ficción impecable, llamativa, atrayente, impactante: un parque temático donde los huéspedes pueden dar rienda suelta a sus más bajos instintos en el entorno propio del western gracias a anfitriones que son robots diseñados para ello.
Una dicotomía bien pergeñada que permite, por un lado, reflexionar sobre el peligro de que el ser humano se convierta en el moderno Prometeo y cree vida sin pensar que algún día pueda dejar de poder controlar su creación; en el otro lado, algunas interesantes correrías ambientadas en el Oeste americano dentro del parque.
 
Pero todo termina ahí, en sus 3 o 4 primeros episodios. A partir de ahí, todo es artificio pomposo y vacuo, puro esteticismo sin mensaje, entretenimiento palomitero sin contenido (y, a veces, aburrido, el fallo más imperdonable en el que puede incurrir el presunto entretenimiento).
 
Se agarra con desesperación a las interpretaciones de Anthony Hopkins y Ed Harris, pero ni con esas. Todo se acaba desmoronando como un aburrido y superficial castillo de naipes.
 
Es obvio que la edad dorada de la televisión ya ha pasado y, de todo lo que se nos vende como magistral (pareciera ya serlo todo solo porque proceda de esas grandes cadenas) solo salvo “Better Call Saul”, “The Knick” y “Narcos”. Los buenos tiempos han pasado, pero al menos han dejado mucha huella.

El mejor regalo que puedes hacerle a tu alma es ver una y otra vez “Once” de John Carney (y al infierno con los musicales “lalalandienses”)

Once Cartel
Piensas que has visto muchos musicales. Piensas que has visto muchas historias de amores imposibles. Piensas que conoces las miserias y la parte oscura de la creación musical. Estás muy equivocado si no has visto “Once” de John Carney. Porque nadie antes lo había contado así, con tal sensibilidad artística y tal perfección musical. Y posiblemente nadie volverá a lograrlo a ese nivel nunca más. Se tocó techo hace ahora una década con esta obra inmortal.
 
“Once” es maravillosamente perfecta. Sublime. Seguramente el mejor musical que se haya rodado en toda la historia del cine. Simplemente porque es exactamente lo contrario de lo que esperas de un musical.
 
Aquí no hay gente de situación social desahogada, que de pronto canta y baila en mitad de la calle o en el pasillo del supermercado entre magníficos planos llenos de cabezas calientes, grúas y colorines.
 
“Once” es el reverso tenebroso pero maravilloso de esa idea preconcebida que tienes del musical. Es gente que no llega a fin de mes, inmigrantes, asfixiados por su realidad social, que cantan en mitad de la calle para poder sacar algún dinero para comer. Las canciones no surgen solas de la nada como las setas: en “Once” se sufren, se van creando con sudor y lágrimas, con esfuerzo, ante la indiferencia de todos.
 
La música de “Once” es real, está viva, sufre, siente y padece. Es creíble. Es cruda como la vida misma.
 
Y luego está la relación entre sus dos protagonistas, Glen Hansard y ese ángel etéreo llamada Markéta Irglová, que derrochan magia, complicidad, química, respeto, sensibilidad, empatía, belleza… Pocas veces una historia de amor imposible fue tan imposiblemente maravillosa.
 
Ya he usado demasiadas veces la palabra maravillosa, porque junto con perfecta, califica esta cinta para la historia del cine. Da igual las veces que la hayas visto (yo la he vuelto a ver esta tarde), siempre te acerca las lágrimas a la superficie de tus ojos como pocas, siempre te pellizca el corazón, siempre te llena de dolorosa magia el alma, siempre acabas tarareando su sublime banda sonora, especialmente ese “Falling Slowly” que acaba incorporándose a tu vida musical quieras o no quieras porque es simplemente irresistible y eterna.
 
Porque esa es otra: “Once” no solo es una de las más grandes películas de la historia del cine en su modestia “indie” rodada cámara al hombro (modestia cargada de grandeza y honestidad), sino que deja un puñado de canciones para el recuerdo (eso es lo que hace de verdad grande a un musical) y un par de canciones que ya te van a acompañar durante el resto de tu vida: la citada “Falling Slowly” y “If you want me” (sublime plano secuencia magistral en esta canción).
 
Lo mejor que puede producir el cine en tu alma y en tu vida, lo derrocha a manos llenas “Once” de John Carney.
 
Como muy bien determinaba el New York Times aclamando a esta obra maestra: “Otra película podría tener una producción mucho mayor, pero ninguna otra podría haber llegado al nivel de encanto y satisfacción de ONCE. La fórmula es muy simple: dos personas, unos instrumentos, 88 minutos, y ninguna mala nota.”

¿Qué le han dejado al pueblo llano?

Ser
Aquí os dejo mi columna de opinión que, como cada Viernes, se emite en Cadena SER Radio Granada, a las 8:50 horas:
 
Al pueblo llano que pisa la calle y no los grandes áticos de los edificios lujosos, los que tienen que coger tres autobuses o un autobús y un tren para ir a cualquier parte, se lo han robado todo.
 
Robaron el dinero público, esquilmaron las instituciones, se llevaron el futuro, hicieron desaparecer el empleo digno, borraron los salarios justos, desmontaron el Estado del bienestar justificándolo con la crisis con la que algunos se pusieron las botas, lo desahuciaron de sus casas, le cobraron por prestarle dinero quince veces más que lo que le daban por depositarlo, se llevaron la credibilidad de todos los poderes públicos.
 
Solo le prestaron la calle y con condiciones, siempre que no la utilizara para protestar por sus míseras condiciones, y para eso crearon una Ley de Seguridad Ciudadana.
 
Solo le quedaba pasear al cielo raso, lo único que seguía siendo suyo que para eso paga impuestos. Pero ahora ya tampoco: le han birlado las calles para privatizarlas con terrazas y veladores, agostando el espacio por el que se puede pasar, taimadamente como colonos en territorio palestino, poniendo vallas de serigrafiados cristales y forjados que cada día limitan el paso un poquito más, adueñándose impunemente de lo único que aún le quedaba al pueblo llano.

Mad Men Season 6: el trazado sublime del camino hacia el abismo de Don Draper

Mad Men Temporada 6
Mad Men es la cumbre de la televisión (junto con A Dos Metros Bajo Tierra, Los Soprano, The Wire y Breaking Bad). La sexta temporada de Mad Men es la cumbre de la serie a su vez. Vivirla (volver a vivirla por segunda vez, mejor dicho), paladearla, degustarla como lo que es, el mejor de los manjares para cinéfilos exquisitos, es un privilegio de dioses que no tiene parangón posible.
 
Todo es perfecto en la sexta temporada de Mad Men. Lo estético y el contenido. En lo estético, se sumerge en cuerpo y alma en la esencia ya cercana a lo setentero cuando las etapas de los 60 (rodadas como si del mejor Todd Haynes se tratasen), ya van tocando a su fin.
 
En lo que cuenta, no se puede hilvanar de forma más perfecta. Tiene varias escenas que pueden ser las mejores de la serie, lo cual ya es mucho decir, es decirlo todo más bien, porque la serie es lo mejor que se puede ver. Bueno sobre bueno. Sublime sobre sublime.
 
Es el relato del descenso paulatino a los infiernos de quien lo tiene todo pero se deja llevar sin poder evitarlo. Del cielo al precipicio viaja Don Draper en la mejor temporada de Mad Men que, tras lograr la fusión de su agencia con otra aún mayor del sector, va perdiendo suelo tanto en lo personal como en lo profesional en una caída imparable y sin paracaídas.
Pero, especialmente, lo que más me apasiona de esta joya para la historia del cine que es la Temporada 6 de Mad Men, es el papel cada vez mayor y más fundamental de Sally Draper. La hija de Don va a ser quien le haga cambiar radicalmente de vida, afrontar lo imposible y dejarse llevar hacia un futuro incierto. Ninguna mujer pudo con Don Draper, salvo su hija.
 
Sin duda, la creación del perfil del personaje de Sally Draper es el gran triunfo de Matthew Weiner, dibujando un carácter para la historia de lo más sublime de la televisión. Ella y un regreso por todo lo alto de Betty Draper, uno de los personajes femeninos más complejos que haya dado el cine, marcan un punto de inflexión definitivo.
 
El último episodio, abriendo en canal de forma sangrienta el futuro de Don Draper, está en los anales de la televisión para siempre. Una pena que ya solo me quede por revisitar la última temporada de este mito inmortal.

“Old Boy” de Park Chan-Wook, un nuevo caso en el cine oriental de gato por liebre

Old Boy
Sinceramente, a estas alturas me pregunto si es que la sesuda e intelectualoide crítica (con ínfulas de superioridad cerebral no cierta ni probada) va a medias con los resultados de taquilla de cierto cine oriental en general, y de Corea del Sur en particular, porque otra explicación no le encuentro.
 
Parece que te autodefines como cateto o trasnochado si no levitas en la butaca con el cine oriental, con todo él, aunque sea la misma basura de Hollywood pero con rasgos orientales, que lo homologan todo como si de obras maestras se tratase en todo caso.
 
Sabiendo que en este tipo de cine ya me han dado gato por liebre más veces de las que mi intelecto puede resistir, he necesitado más de una década para armarme de valor y decidirme a ver “Old Boy” de Park Chan-Wook. Sinceramente, se trata de una esteticista, artificial, vergonzante, desorientada y deleznable tomadura de pelo.
 
Mezclando géneros sin solución de continuidad y sin una concatenación lógica plausible, como si el guionista estuviese bajo los efectos de una grave intoxicación de sustancias psicotrópicas, Park Chan-Wook mezcla el drama familiar con las pelis de violencia versión orientalista con escenas de cine de serie Z de las que producen vergüenza ajena en ocasiones, a las que adereza con un humor autoparódico realmente estúpido desde mi perspectiva que asesina todo trazo de tomarse en serio la trama (de por sí confusa y casi imposible de seguir en algunos tramos concretos) y creando una nada artificial y estética que solo en sus últimos minutos cobra sentido y algo de emoción con él (y es que no hay nada como entender lo que estás viendo para poder valorarlo).
 
Esta cinta no debe ser pasto de la llamas porque sus escenas finales la redimen del ostracismo absoluto, cuando el film gana en carácter dramático y el argumento tiene algún sentido plausible, pero el resto es, simple y llanamente, pura basura y artificio vacío, hueco y con mucho eco y mera finalidad visual.
 
Que la crítica sea unánime en un film que me da vergüenza ajena en algunos fragmentos de su metraje, que ganara el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes una peli que tiene parte de sus escenas basadas en peleas y mamporros, me acaba de desconectar de la crítica común, con la que cada día comparto menos y peor.
 
Sinceramente, todo cine oriental no es bueno por el hecho de serlo, aunque sea muy cool y elitista hablar bien de él. Hay cintas realmente históricas, como “In the mood for love” de Wong Kar-Wai o “Hierro 3” de Kim Ki-Duk, pero a veces nos toman el pelo “como a chinos”, nunca mejor dicho y con perdón de la expresión.

“Múltiple”, pirotecnia mojada del insoportable Shyamalan en lugar de una visión aterradora sobre la enfermedad mental

Múltiple
Ya puedo afirmarlo sin tapujos: M. Night Shyamalan es un timador nato, un director especializado en tomarnos el pelo y estafarnos, un auténtico impostor, un contador de la nada venido a más, alguien que se cree genial pero que es mediocremente palomitero, un mal imitador de Hitchcock (incluidos cameos en sus propios films, o el no va más de la cara dura en la capacidad de copiar), un mentiroso compulsivo sin fondo ni historia que contar que insiste en tomarnos el pelo una y otra vez.
 
Es cierto que creó una obra maestra absoluta que está por derecho propio en los anales del cine: “El sexto sentido”. Pocas cintas de género tienen su altura y su perfección, muy pocas, casi ninguna. Pero ya está. En ese punto magistral comenzó y terminó su filmografía interesante. Es como esos cantantes que cierran una canción brutal pero que jamás vuelven a brillar a esa altura durante el resto de su esperpéntica carrera.
 
Las Ketchup tuvieron el “Aserejé” y nada más nunca más. Shyamalan tuvo “El sexto sentido”. Lo demás, es una aberración sin pies ni cabeza (con cierta excepción que respeto con “El bosque”, que sí ofrece algo al menos).
 
“Múltiple” pudo haber sido una gran obra, haberse tomado en serio a sí misma y haber penetrado en el fascinante mundo de la mente humana enferma, capaz de crear múltiples personalidades dentro de un mismo cuerpo, capaz de multiplicar la fuerza humana hasta lo irracional, capaz de destruirlo todo desde el abismo de la locura. Destripar el mundo de las enfermedades mentales hubiera sido sublime, pero Shyamalan es un palomitero de principio a fin y él prefiere la pirotecnia a la ciencia.
 
Pero hablamos en este caso de pirotecnia mojada que aburre. Soporífera, sin capacidad para enganchar o empatizar con unas adolescentes víctimas que no dan pena alguna sino a ratos ganas de que el malo acabe con su sufrimiento de una vez por todas, una cinta de terror sin terror, en fin, un auténtico esperpento que no deberías ver si sabes lo que te conviene.
 
Pero lo peor no es tragarse sus casi dos horas insufribles y anodinas. Lo peor es su final, esa última escena que está introducida con una cierta intención del director de no poner un punto y final a su historia e invitar a algo más en el futuro. Esa posibilidad es la única que me produjo auténtico terror. Eso sí, será sin mí.

“Paterson”, la aportación personal de Jim Jarmusch al misterio de la creación poética

Paterson
Es difícil hablar de “Paterson”, porque es más una experiencia que una peli. E imposible hablar mal de ella, ni aunque te empeñes. Lo mejor que puedes hacer es dejar de leerme y aceptar el reto que te propone el siempre especial, único, reconocible, personal, complejo y genial Jim Jarmusch. “Paterson” está a la altura del resto de su filmografía, lo cual no es precisamente un dato menor, sino todo lo contrario.
 

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