“El Cairo Confidencial” de Tarik Saleh no aporta nada nuevo al noir, del que usa con oficio todos sus tópicos, pero refleja tangencialmente el arranque de la Primavera Árabe en El Cairo

El Cairo confidencial
“El Cairo Confidencial”, la aclamada película de Tarik Saleh, es un ejemplo clásico de cine noir. Es obvio, por ello, que no es un dechado de originalidad ni que pretenda romper los cánones del thriller policíaco, pero sí aporta alguna novedad a través del marco en el que se desarrolla toda la historia: El Cairo de los días que precedieron al estallido de la Primavera Árabe en 2011 para derrocar a Mubarak y el ambiente que se pulsaba en las calles en tan frenéticas y convulsas jornadas.
 
Se trata, en eso no ha cambiado el rumbo de la historia del cine, de una turbia y alambicada investigación policial alrededor de una joven cantante muerta, donde concurren imputados importantes de la sociedad egipcia, compra de policías y fiscales, la única testigo del crimen desaparecida y el fiel reflejo de un estado de corrupción generalizado en todos y cada uno de los estamentos de la sociedad egipcia… Todo como en los grandes clásicos americanos, con mucho humo de tabaco por todas partes, con aroma clásico.
 
De solvente factura estética y bien interpretada, el film interesa más cuanto más escarba en los entresijos del estallido social de 2011 y aburre cuando se deja acunar por todos los tópicos del cine negro.
 
Su último plano secuencia, sin duda lo mejor de la cinta, te reconcilia con un metraje que produce algún que otro bostezo durante su desarrollo.
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“Alabama Monroe” de Felix Van Groeningen, una de las películas más valientes de nuestra época, definiendo el drama de unos padres que pierden a su hija y entrando a saco en todos los temas controvertidos de nuestra sociedad

Alabama Monroe
El director belga Felix Van Groeningen es uno de los tipos más valientes que haya conocido nunca alrededor del cine. Y firmar “Alabama Monroe” es la prueba insuperable de ello. Un film belga cargado de cowboys europeos, granjas, música country, tatuajes, enfermedades terminales infantiles, padres que pierden hijos, eutanasia, suicidio… Todo muy bien combinado y, lejos de terminar siendo un telefilm de sobremesa, funcionando como un peliculón con todas las letras, que es lo que es, nada más y nada menos.
 
Lo único inexplicable para mí es que un film belga tan excelso que se titula originariamente “The broken circle breakdown” sea traducido en este país, en el que cada día somos más imbéciles reinventando títulos de películas y en todo lo demás, como “Alabama Monroe”.
 
Es una historia dura, durísima, compleja, contada fragmentada y desordenadamente en cuanto a su devenir temporal de forma magistral, para ir dosificando la explicación, la información y las causas que dan lugar a la apasionante y desasosegante narración de un dramón en toda regla cargado de verdad, verosimilitud, sensibilidad sin sensiblería y mucha reflexión política y filosófica entre música country.
 
Se trata de la historia de un granjero belga que es cantante de country en sus ratos libres y que conoce y se enamora de una tatuadora. Una cosa lleva a la otra y acaban teniendo una hija, pero… la felicidad siempre es efímera y la hija enferma de leucemia. La película, como el propio lenguaje, no tiene palabra para calificar el drama de unos padres que pierden a su hija a los 7 años de edad, y la vida ya no puede definirse a partir de ese momento.
 
A partir de ahí, jamás volverán a ser las mismas personas (incluso cambian sus nombres) ni su relación tendrá salvación alguna. Están destruidos por dentro por una herida incurable que no permite vuelta atrás ni ofrece camino hacia adelante.
 
De paso, se habla de las mentiras de la religión, del fanatismo ultraconservador que impide la investigación con células madre, del fundamentalismo religioso (hay una escena que se convierte por sí misma en piedra angular del ateísmo ante el discurso inapelable de un padre destruido psicológicamente), que apela a la eutanasia y que te hace comprender los entresijos que llevan a alguien al suicidio.
 
Y todo ello de forma seria y rigurosa, lejana a cualquier desliz de telefilm, con una fotografía propia del mejor western que se pudiera imaginar y una maravillosa BSO basada en el country grass, el más puro y auténtico estilo musical norteamericano.
 
Se presentó ante nosotros hace un lustro arrasando en todo festival por el que pasó. Sigue siendo lo que es, una obra imprescindible de nuestro tiempo.

Sólo por el primer plano de Carey Mulligan cantando “New York, New York” ya valdría la pena “Shame”, pero la obra maestra de Steve McQueen ofrece un magistral descenso a los infiernos de la adicción al sexo

Shame
Seguramente no se habrá tratado el tema de la adicción compulsiva al consumo de sexo, una de las patologías más reconocibles de nuestro tiempo, de una forma más aséptica y menos sensual que lo hace Steve McQueen en “Shame”.
 
En uno de los dramas de más kilates de nuestra década, McQueen deja en la interpretación prodigiosa de Michael Fassbender todo el peso de este descenso a los infiernos en la vida de un neoyorquino de éxito que podría tenerlo todo pero que está inmerso en una espiral adictiva alrededor del sexo que lo hace imposible. Le vale todo: el esporádico que puede encontrar en el Metro, el sexo por dinero que compra constantemente, el que consume a través de internet en webcams, en sus masturbaciones constantes y compulsivas… Su vida gira alrededor del sexo y lo lleva bien hasta que…
 
… se produce un giro inesperado y aparece su hermana rogándole que le permita vivir en su apartamento. Tanto el personaje como la interpretación de Carey Mulligan como la hermana del protagonista supone un vuelco total del argumento y de nuestro corazón, porque llega alocada, cargada de problemas psicológicos y con ganas de enamorar a quien se ponga por delante.
 
Algo muy oscuro guarda en su interior esa familia y todo está a punto de saltar por las costuras bajo una cámara prodigiosa de Steve McQueen que pretende y logra crear arte en cada plano, en cada secuencia, en cada extenso plano secuencia que nos regala a lo largo de un metraje sabiamente recorrido también por su música, una partitura de Harry Escott que funciona como un personaje más.
 
Pero la estrella de la función es la mirada de Michael Fassbender en una interpretación antológica: no necesita expresar palabra alguna (su personaje es parco en expresividad oral) para transmitir con su mirada la situación anímica en la que se encuentra en cada momento, llegando al clímax en la evolución en la escena a tres bandas que marca el definitivo punto y aparte del film.
 
Pero al modesto análisis de esta gran obra de nuestro tiempo le faltaba aún un dato fundamental: la escena en la que durante un mágicamente eterno primer plano sostenido de Carey Mulligan canta a la cámara el “New York, New York” que inmortalizara Frank Sinatra. Es de esos momentos que erizan la piel por su simplicidad y su forma directa de atacarnos el corazón, de esos que hacen vibrar y forman parte de nuestro equipaje cinéfilo para siempre por derecho propio. Sólo por esa escena ya valdría la pena la aventura de verla, pero “Shame” ofrece muchísimo más.

“Juegos secretos (Little children)”, melodrama con ambiciosa crítica social tan infravalorado como su director, Todd Field, un autor que nos hiela la sangre cada vez que nos enfrenta a nuestro reflejo en el espejo

Juegos secretos
Todd Field heló la sangre del planeta entero con “En la habitación”, una película tan incómoda como imprescindible, tan provocadora como certera y honesta. Tenía difícil que su reaparición, 5 años después, no supiera a poco. Pero Todd Field es uno de los mejores narradores de nuestro tiempo a pesar de su corta filmografía, y volvió a triunfar con “Juegos secretos (Little children)”.
 
Volver a meter el dedo en el ojo de la sociedad media norteamericana, esa que vende en apariencia una vida feliz, pero que tantas idílicas viviendas unifamiliares, hijos perfectos e hiperprotegidos, coches potentes y sonrisas perennes sólo esconden miseria y desolación, hipocresía y mala conciencia.
 
La retrató como nadie Sam Mendes en “American Beauty”, Ang Lee en “La tormenta de hielo” o Todd Solondz en “Happyness”. Todd Field eleva su propuesta a ese nivel, porque su película roza la perfección en la ácida radiografía de las miserias de la clase acomodada como cualquiera de las anteriormente citadas.
 
Para ello, utiliza como fondo una novela de Tom Perrotta (autor también de la novela en la que se basa “The Leftovers”) que descuartiza por igual a las madres aparentemente perfectas que exigen la perfección en las demás en el parque infantil, los deseos insatisfechos de los matrimonios aparentemente perfectos, la infidelidad como forma de escape de una vida asfixiante, el machismo inculcado en lo más interno de esas amas de casa, las enfermedades mentales obviadas socialmente…
 
Pero a tan acerada crítica social, “Juegos secretos” une un tema en el que se eleva por encima de las otras: el comportamiento de una sociedad bien pensante y “como Dios manda” ante el hecho de que un vecino suyo, ya debidamente cumplida su condena en prisión por exhibicionismo ante menores, pueda volver a su casa con su madre, debidamente rehabilitado y reinsertado. Él regresa en paz con la sociedad, pero el barrio no va a olvidarlo jamás ni le va a permitir que pueda rehacer su vida. Da igual lo que tengas que esconder tú, exiges en el otro un pasado pulcro. Y ahí la película supone la levitación para el cinéfilo.
 
Todo ello sostenido por esa diosa de la interpretación llamada Kate Winslet que vuelve a bordar el papel de mujer de mediana edad y clase que elevara a la eternidad en “Revolutionary Road”, otra vez haciendo referencia a un film de Sam Mendes.
 
Y la música de Thomas Newman (se veía venir de forma perfecta para una película de este tipo) que acaba de cerrar el círculo de una película infravalorada de un director infravalorado, porque ambos merecen mucho más reconocimiento del que han obtenido.

“Antes que el diablo sepa que has muerto”, magistral melodrama familiar entreverado con thriller de atracos subyacente, dirigido con la eficacia sólo posible en Sidney Lumet

Antes que el diablo
Era absolutamente imposible que no terminara siendo maravillosa. Y, cuando la revisitas, aún más. Cómo no va a ser un peliculón antológico una cinta de género dirigida por Sidney Lumet (el artesano más artesano que haya dado el cine norteamericano), protagonizada por un Philip Seymour Hoffman en estado de gracia como siempre sin excepción, un Ethan Hawke soberbio, un Albert Finney salvajemente brutal como estrella secundaria que se come la pantalla, y una Marisa Tomei perfecta, exquisita, perturbadora, embelesando cada plano que protagoniza, la “cuarentona” más apabullante y sexy del cine actual.
 
“Antes que el diablo sepa que has muerto” sólo podía ser un cesto perfecto con semejantes mimbres. Si unes a ello un guión de Kelly Masterson soberbio, mezclando el mejor melodrama familiar sin contemplaciones ni piedad con el cine negro de alto voltaje, y la hipnotizadora música del “coeniano” Cartel Burwell, todo apunta a obra maestra.
 
Y eso es lo que es esta película dura, sin concesiones, la historia de dos hermanos que viven al borde del precipicio, necesitan dinero con urgencia, piensan que la mejor manera es diseñar un atraco en la joyería de sus padres y… a partir de ahí, el destino, siempre cruel, se cruza en todos y cada uno de sus caminos, hasta la tragedia final, uno de los más duros finales que haya dado el cine de este siglo.
 
Otra historia de hermanos al límite de la ley y de la vida de esas que se convierten en antológicas, como la de “El sueño de Cassandra” de Woody Allen o “Comanchería” de David Mackenzie.
 
Pero Sidney Lumet, perro viejo del Séptimo Arte, quiere dejarnos su última palabra y demostrarnos que también sabe utilizar los resortes narrativos de los jóvenes con la fragmentación temporal de la narración y su visión poliédrica a través de los ojos de distintos personajes sobre los mismos hechos, y triunfa como el que más y más que nadie en el intento.
 
Tenso thriller de atracos con un melodrama familiar subyacente de los que hacen época y marcan estilo. Puro Sidney Lumet.

“Stockholm”, tenso e imprescindible drama psicológico de Rodrigo Sorogoyen, dos películas diametralmente opuestas en una, con el final más desasosegante de nuestro cine

Stockholm
Lo he dicho muchas veces, lo voy a decir una más: Rodrigo Sorogoyen es, para mí, uno de los grandes nombres del cine contemporáneo de este país. Sencillamente porque se lo ha ganado a pulso a golpe de genialidad, atrevimiento, desparpajo, claridad de conceptos estéticos, guiones impresionantes y capacidad cinéfila infinita.
 
De su mano vienen dos de las grandes películas contemporáneas de este país: “Que Dios nos perdone” como ejemplo perfecto de cine negro de altísima calidad y, sobre todo para mí, “Stockholm”, el más brutal y “polanskiano” o “hanekiano” drama psicológico que se haya hecho en este país en los últimos años.
 
Más bien, se trata de dos películas en una, las dos soberbias, las dos magistrales, con un punto de ruptura apoteósico marcado por unos ecos de vals coreografiados como homenaje expreso a Stanley Kubrick, cuyos blancos inmaculados, fríos y atemorizantes, arrasan la paleta de color de la segunda parte de la cinta.
 
Pero su primera mitad, con ecos de la trilogía de “Antes del…” de Richard Linklater, es una descripción perfecta de la chica triste a la que le pasa algo serio que capta el interés en una discoteca del guaperas pijo de turno, que centra todos sus esfuerzos y estrategias de seducción en ella, más allá de lo razonable incluso en algún momento, con el único objetivo evidente de llevársela a la cama esa noche por encima de cualquier otra consideración.
 
Hasta ahí, el duelo dialéctico fundamentado en las brutalmente sinceras interpretaciones de Aura Garrido y Javier Pereira, como decía, recordando al mejor Linklater y creando para el espectador todo un espectáculo observando cómo se comportan dialécticamente ambos personajes, totalmente creíbles gracias al prodigio interpretativo de esta pareja de inmensos actores.
 
Pero la película, hacia la mitad de su metraje, promete un giro abrupto como pocos se han visto en la historia del cine, cambiando absolutamente de registro (también estético, como decía, pasando de los azules y los negros a los blancos propios de Kubrick tras una escena a golpe de vals como homenaje expreso) y creando una violencia psicológica propia del mejor Roman Polanski o Michael Haneke.
 
Y esa ruptura sangrientamente blanca en su guión, sólo puede prometer un final épico, y así es, porque “Stockholm” nos deja uno de los mejores finales de nuestro cine, inolvidable y indeleble una vez que lo vives, por más veces que la veas (es mi segunda vez, en este caso).
 
Todo con una factura formal moderna, seria, solvente, rigurosa, mezclando unos primeros planos necesarios y explicativos con largos planos secuencia y fueras de campo salidos de la mismísima violencia expresa de Michael Haneke, torturando y desasosegando al espectador de esta maravilla histórica, absolutamente imprescindible.

La Temporada 2 de Shameless, la definitiva enciclopedia de todo lo políticamente incorrecto en fascículos tragicómicos apasionantes

Shameless
La temporada 2 de Shameless me da donde más me duele, donde más me atrapa. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, esta saga de la familia menos familiar del planeta se va desprendiendo del tono cómico para, sin abandonarlo jamás, adentrarse con fruición en el drama social. La familia más pobre y disfuncional de la historia de la tele, junto con los Fisher de A Dos Metros Bajo Tierra, evoluciona en su segunda temporada con la sinergia de un planeta propio que rota en torno a tres ejes gravitacionales:
 
1.- Fiona Gallagher (Emmy Rossum), la gran heroína de la función, la chica que lo tiene todo (belleza, inteligencia, entrega, pasión, generosidad, empatía) pero que no logra nada, cada día más y más atrapada en la red de una familia que ella lleva sobre sus hombros a pesar de su juventud y que se va complicando por momentos. La escena que patea la lavadora con zapatos de tacón es de esas icónicas que se quedan para siempre.
 
2.- Frank Gallagher (William H. Macy) evoluciona hacia el egoismo hedonista a pasos agigantados, superándose a sí mismo si cabe a pesar de que el listón inicial no podía estar más alto, abandonado a las drogas, el alcohol, dar el palo al incauto que pille cerca, incluso si se trata de su propia familia, e intentando vivir de toda mujer que se le acerque por activa o por pasiva.
 
3.- Y especialmente evoluciona en la temporada 2 Lip Gallagher (Jeremy Allen White), el inteligente, el rudo, el violento, el torturado, el que querría llevar las riendas de su vida a pesar de la familia que le ha tocado en (mala) suerte, el personaje que se va apoderando de la temporada poco a poco hasta hacerla suya con la furia desmedida con la que afronta todo, desde la ira del inconformista.
 
Y, entre medias, la serie va tocando todos los temas que las demás evitan: el aborto, las drogas como salida para algunos problemas, los vientres de alquiler, las enfermedades mentales, los ancianos como tiranos de sus descendientes, la familia como método de extinción de la autoestima, la negación de la maternidad, el uso de armas por parte de niños, la depresión infantil, la eutanasia, la pederastia, las sectas y su poder destructor, el rechazo social a los bebés que no son perfectos, la explotación de la clase trabajadora… Una enciclopedia de lo políticamente incorrecto.