Me duele esa parte de mí que se llama Doñana

Doñana

 

Creo que es fácil de entender que, para alguien como yo, que siente Andalucía como su patria y el andalucismo como parte de su propia esencia, Doñana esté en su ADN más íntimo.

Andalucía, la nación más bonita del mundo y la que llevo en mis entrañas, tiene el Guadalquivir como su columna vertebral y Doñana como su esencia más sagrada (junto con Sierra Nevada y Cazorla, nuestras tres grandes catedrales de la vida).

Para alguien “guadalquivircéntrico” como yo, lo que estamos sufriendo duele personalmente en el alma, es como si quemaran vivo con ensañamiento a un familiar muy querido. Estoy personalmente muy conmocionado por lo que estamos viviendo. Y sufro un dolor muy real a cada momento.

Doñana no es de este mundo. Es el planeta de la belleza absoluta. Es imposible no enamorarse desde el primer momento en que lo pisas del rincón más extraordinario que pueda existir. Hasta las trancas.

Por eso, los andaluces EXIGIMOS que se depuren responsabilidades hasta las últimas consecuencias, que nos aclaren quién y por qué es el hijo de la gran puta que nos ha intentado asesinar apuñalándonos donde más nos duele, qué gana y quién gana.

Exigimos que se aclare y ya. Y nos comprometemos desde nuestra fe andaluza a que allí jamás habrá tubería o adosado alguno. Por las buenas o por las malas. Se hará TODO lo que se tenga que hacer para evitarlo.

Con Doñana no se juega.

“El último tango en París” sigue sin ser de lo mejor de Bertolucci

El último tango en Paris
Parto de dos premisas fundamentales: la primera, que hubo un momento en la historia del cine en el que el Séptimo Arte pudo haberse hecho definitivamente adulto a principios de la década de los 70 (luego los ochenta lo echaron todo por la borda). Eran los tiempos de Coppola, de Pollack, de Bogdanovich, de Penn o de Bertolucci. Todo invitaba a soñar en el mejor de los futuros posibles para el cinéfilo serio que espera compatibilidad sobrevenida entre comercialidad y calidad.
 
El segundo punto de partida, estamos hablado de Bernardo Bertolucci, el autor de la cinta que cambió mi adolescencia para siempre y de forma definitiva tras su primer visionado: “Novecento”.
 
Por todo ello, y por la leyenda que acompaña ab initio al propio film, siempre espera uno mucho más de “El último tango en París”, pero siempre se acaba quedando demasiado cortita. Una y otra vez. Debe ser que sin cruzar la frontera de Francia para contemplar el desnudo integral de Maria Schneider con la mente del momento, todo pierde fuelle porque la historia carece de él.
 
El mito de la lucha por libertad es un inmenso mito que no tiene precio. Pero contemplar esta obra definitivamente menor dentro de la filmografía de Bernardo Bertolucci en 2017, ya ni provoca, ni emociona, ni transmite. Ha envejecido francamente mal.
 
En la era de “Nueve canciones” de Michael Winterbottom, ejemplo de cine moderno donde la frontera entre la cinematografía y el porno puro y duro está seriamente difuminada, todo es puro y casto.
 
Y si bien vive de las soberbias interpretaciones (regularmente dobladas en su versión hispana dicho sea de paso) de Marlon Brando y Maria Schneider, así como de las fascinante por sensual música de saxo de Gato Barbieri, lo demás decae por su propio peso, anclado en una época afortunadamente superada (o no, como parece echando un vistazo muchos días a las redes sociales).

Las puertas del infierno

Ser
Aquí os dejo mi columna de opinión que, como cada Viernes, se emite en Cadena SER Radio Granada, a las 8:50 horas:
 
Nos parece mera anécdota en la página de sucesos. Apenas segundos de radio para informar de que está controlado o extinguido, y ya a las cosas importantes: las peleas de los políticos por el reparto de la nada que a Granada llega para convertirnos en nada sumida en nada.
 
Esta semana tuvimos ya una advertencia en la Alpujarra. Pura anécdota, que no nos afecta allí tan alta, entre jamones, embutidos y aguas minerales embotelladas.
 
Pero no nos damos cuenta de que se nos abren de par en par cada día las puertas del infierno, y que el señor del Averno va a acabar con todo y con todos, cabalgando entre las llamas de los incendios forestales.
 
El desierto que todo lo puede acabará cubriendo las vías muertas del AVE y el Metro, se llevará la mediocridad política y la inapetencia crónica de la ciudad, todo sepultado bajo un castigo bíblico desértico por el que vagaremos.
 
Pero nos importa bien poco, y seguimos sin cuidar los bosques como y cuando se debiera; sin consumir de forma racional el bien más preciado, el agua; sin creer en la condena segura del cambio climático; a veces hasta sin reciclar basuras… Porque estamos en otras cosas más importantes, mientras que la que va a erradicar nuestra vida llega fiel a su cita al caer cada verano.

“Déjame salir”: cuando quieres cocinar “Adivina quién viene esta noche” con “La semilla del diablo y se te quema el guiso

Déjame salir
Ya tenemos la película sobrevalorada irracionalmente por la crítica drogadicta del trimestre. “Déjame salir”, saludada como una novedosa y rompedora película que mezcla la crítica social del racismo latente de la sociedad blanca norteamericana con el género de terror psicológico, prometía mucho. Si además, desde la crítica se vende como la vuelta de tuerca definitiva, aún más. Por eso, cuando la ves, la caída del mito es aún mayor.
 
En efecto y como era de esperar, chica blanca pija lleva a su nuevo novio negro a conocer a sus padres. Esa es la mejor parte del film. Demasiado breve, apenas un suspiro, pero la única buena. Tensión familiar a la hora de cenar, el racismo a flor de piel de una aparente familia norteamericana progre… Todo comenzaba fenomenal, sobre todo para verla un granadino justo esta semana y no otra.
 
Pero el castillo de naipes se va derrumbando por momentos cuando comienzas incluso a ver bailar ante tus ojos planos grupales calcados de la obra maestra de Polanski “La semilla de diablo”, usando para mayor desfachatez incluso música coral enormemente idéntica al gran film de los setenta. Demasiado triste por obvio.
 
Pero el guión va desbarrando camino de la catarata final. Dando varios saltos mortales de guión realmente inasumibles para una mente con una mínima capacidad intelectual, y ofreciendo alguna escena (como la de la “liberación” del protagonista) que, francamente, está sin resolver ni explicar en una tomadura de pelo histórica para quien tenga un mínimo de sentido común.
 
Y, como todo film de género malo de solemnidad que se precie, cuando toca asustarte, no te preocupes, que te puedes permitir estar despistado porque ya el golpe de música ensordecedora te avisa de que toca susto.
 
Algo que comenzó siendo grande, termina siendo esperpéntico. Sé que os faltaba un pequeño detalle que echábais de menos en la fórmula palomitera al uso: el amigo gordito graciosillo del prota. Tranquilos, también está, en algunas secuencias ciertamente vergonzantes.
 
En conclusión, que se la quede la crítica toda para ella. Para mí, es un bote de palomitas más.

Ella tiene miedo

Ser
Aquí os dejo mi columna de opinión que, como cada Viernes, se emite en Cadena SER Radio Granada, a las 8:50 horas:
 
Ella tiene miedo. Nunca fue fácil ser mujer en su país, por eso pensaba que en éste de acogida todo sería más fácil. Sabía de la utilización que muchos grupos ultras europeos hacen de la inmigración para sus inconfesables objetivos, pero pensó que Granada, la ciudad de las 3 culturas y las mismas religiones, era un lugar con cierta asepsia respecto a la estupidez ancestral del ser humano.
 
Ella tiene miedo, porque su hijo pequeño, tan musulmán como toda la familia, tiene que ir cada día al colegio, tras participar en ese acto de convergencia el pasado Sábado en el Triunfo, ante la imagen de una Virgen que ella venera y respeta como personaje religioso que también es para ella y madre del profeta Jesús. Y ahora no sabe cómo reaccionarán los otros niños.
 
Ella tiene miedo por su marido, porque a la precariedad laboral y los sueldos de miseria, ahora aúna el rechazo de un racismo forzado impulsado por gente falta de formación y mal intencionada que quiere sacar rédito político de un conveniente acto simbólico.
 
Ella tiene miedo del fanatismo católico, que campa a sus anchas y sin complejos por Granada en estos días.

“Toni Erdmann” de Maren Ade, el “La la land” de la comedia dramática

Toni Erdmann
No hay nada peor que una comedia sin puñetera gracia. No hay nada peor que un drama que no emociona. No hay nada peor que una comedia dramática que se haga interminable y ésta prolonga su metraje durante casi tres horas de innecesaria cámara al hombro, con la eficiencia germánica propia de su nacionalidad de origen.
 
“Toni Erdmann” de Maren Ade es, junto con “La la land”, los casos más clamorosos e inexplicables de sobrevaloración por parte de la crítica de 2017. Son dos productos fracasados de principio a fin, intragables, increíbles, inenarrables, indigeribles. Una desde su pretendido humor alemán para contar una presunta historia sensiblera de incomunicación entre hija y padre disfrazado de todo cual Mortadelo alemán; la otra, aún muchísimo peor, queriendo resucitar el peor y más superado musical vintage americano.
 
Cataratas de loas de sesudos críticos despatarrados mentalmente para una fallida comedia con humor alemán (eso es pedirme demasiado como poco amigo de dicho género en general) y que, como drama familiar, no funciona en ningún momento. Nadie se puede tomar en serio una tormentosa relación padre-hija cuando aquel va dejando sin fondo de armario a todas las tiendas de disfraces rumanas.
 
Al igual que “La la land” es un musical frustrado porque su fórmula palomitera nunca funciona, “Toni Erdmann” es igualmente el embarrancamiento defintivo de una comedia sin gracia y un drama familiar sin lágrima. Con un metraje que suena más a castigo que a gloria. Muy bien interpretado, eso sí, porque hay que ser un gran actor para insuflar alma en personajes tan de cartón piedra y fórmula del todo a cien.

“Pieles”, una estética novedosa al servicio de una historia inexistente

Pieles
Lo que más valora el buen cinéfilo, estos seres extraños que ya llevamos varios millones de pelis a la espalda de nuestra córnea, es que algo traiga novedad, que provoque, que te de un puñetazo en el estómago, que sea transgresor de verdad, que abra un camino nuevo porque, no nos engañemos, casi todas las sendas están ya trazadas en el cine, y algunas repetidas hasta la extenuación.
 
“Pieles”, la esperada y polémica ópera prima de Eduardo Casanova, sin duda es una aportación gozosamente novedosa a la apertura de nuevos mundos cinéfilos. Y en su estética y en su planteamiento, no puede ser más desagradablemente impactante y repulsivamente provocadora, perturbadora y salvajemente sucia de principio a fin.
 
Pero todo ese alarde estético tiene que estar supeditado a la narración de una buena historia. Porque eso y no otra cosa es el cine, el equivalente en una pantalla grande a quien nos cuenta un inolvidable relato al calor del fuego de campamento.
 
Y esa es la muerte de “Pieles”, su fracaso absoluto, que no tiene historia que contar. Película de personajes y pequeñas historias que se entrecruzan (ese formato me apasiona, siendo su cumbre “Vidas cruzadas” de Robert Altman), ninguno de ellos te cala ni te importa. Son tan absurdas y ridículas que te dejan frío e indiferente, que te importa un bledo qué les pase o les deje de pasar a sus protagonistas, que es lo peor que se puede decir de un film.
 
Y eso es “Pieles”, un envoltorio renovador y fresco al servicio de la nada, porque no hay historia detrás que lo sustente.