Un ángel llamado Ángel

Cadena SER

Aquí os dejo mi columna de opinión que, como cada viernes, se emite en Cadena SER Radio Granada, a las 8:20 h:

Es difícil ser granadino y no vivir estos días con náusea vital al ver a Ángel Hernández detenido por consumar por amor el deseo de su cónyuge de morir, en el ejercicio legítimo de su decisión personal sobre su bien más preciado, su propia vida.

Y es que el granadino, inevitablemente, se retrotrae doce años atrás, cuando Inmaculada Echevarría decidió a medio camino entre dos mundos ubicados en la calle San Juan de Dios, que ya estaba bien, que viviera otro en sus circunstancias, porque el martirio debe ser voluntario, nunca por imposición estatal, legal ni religiosa.

Decía Karl Marx que la religión era el opio del pueblo porque no llegó a conocer el fútbol y su poder omnímodo, pero lo que es cierto es que sigue impregnando legislaciones, sentencias, políticas y a la sociedad como si nada hubiera cambiado. O quizás es que la Transición fue un sueño y nunca llegó a producirse realmente.

Yo, como nuestra Inmaculada o como el gran Ramón Sampedro, quiero poder decidir cómo, de qué manera y hasta cuándo quiero vivir. Como me de la gana a mí y no al estado. Y somos legión opinando así, y estaremos muy atentos al futuro judicial de ese ángel llamado Ángel.

Anuncios

“El regalo”, thriller psicológico-fábula moral, tensa al espectador gracias a un magnífico guión que va de menos a más, pero falta chispa en la plana dirección de Joel Edgerton

the_gift-966054246-large
A veces encuentras una película con un buen y original guión y deseas que hubiera caído en manos de un gran director. El problema es cuando, como en el caso de “El regalo”, guionista, director y protagonista son la misma persona: Joel Edgerton.
 
Ese fantástico guión, que comienza con apariencia de telefilm de sobremesa sobre vecino inoportuno que se entromete demasiado en la vida de los recién llegados al barrio con aviesas intenciones, va mejorando paulatinamente en un crescendo sin fin hasta el paroxismo final y la moraleja de una fábula moral compleja y oportuna.
 
Si este guión hubiera caído en manos de Michael Haneke o Paul Thomas Anderson, les hubieran dado absoluta libertad para cambiar lo que quisieran de la historia, le hubieran quitado los sustos con golpes de música que sobran en una película tan serie e importante como ésta y hubieran implantado su personalidad visual, seguramente estaríamos hablando de una de las mejores películas de los últimos tiempos.
 
Algo parecido ocurrió con “El cabo del miedo” o “Shutter Island” en manos de Martin Scorsese y acabamos hablando de grandes joyas de la historia del cine.
 
Pero Joel Edgerton, actor mediocre (aunque hay que reconocer que en su película está muy bien), director primerizo (apuesta demasiado compleja para un debutante sin un estilo concreto que ofrecer) y guionista excelente (eso sí, porque el giro argumental que perpetra conforme el guión va evolucionando es digno de una gran y justa alabanza), no ha estado a la altura de su magna ocurrencia.
 
Que la pavisosa Rebecca Hall tenga que cargar con el peso de la trama y constituir el objeto de deseo tampoco es precisamente un acierto de casting que sume en el resultado final de la película.
 
Pero no quisiera que de mis palabras se desprenda que “El regalo” es una mala película. Todo lo contrario. Funciona como thriller psicológico con la precisión de un reloj suizo y te engancha, y te tensa, y te entretiene, y te perturba. Pero… le falta esa pizca de genialidad en la dirección que los genios tienen y de la que Joel Edgerton es obvio que carece.

Nadie ha contado mejor el período entre la I Guerra Mundial y la Gran Depresión como Dennis Lehane en “Cualquier otro día”, una de las más grandes novelas con las que me haya topado

libro_1354443778
Dennis Lehane (para mí, el culmen de la literatura de nuestro tiempo junto con Philip Roth y Almudena Grandes) consuma con “Cualquier otro día” una novela que es la radiografía perfecta de una época concreta (el tiempo que transcurre entre la finalización de la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión) en un lugar muy concreto (Boston, especialmente sus barrios italianos e irlandeses). Y no se me ocurriría ninguna lectura mejor para zambullirse en las convulsas aguas de ese misterio histórico de una forma tan certera como amena. Cosas de las obras maestras apasionantes.
 
El fin de la primera gran contienda mundial trajo la gripe a los EE.UU., una cepa epidémica y mortal, pero también trajo el despertar del proletariado explotado que vivía en régimen de esclavitud y en condiciones ínfimas e inhumanas. Aparecieron (aunque la historia haya tratado de ocutárnoslo siempre) los movimientos marxistas, anarquistas y obreros con gran fuerza revolucionaria e incluso terrorista, al calor de la revolución soviética, que fueron dura y sanguinariamente reprimidos por el sistema sin piedad alguna a través de las matanzas que fueren menester para mantener el orden establecido.
 
Cuando quien finalmente decide organizar una huelga es la propia policía de Boston, el caos está servido. Y no puede ser literariamente más apasionante. Porque el comunismo existió, y mucho, en los EE.UU., como esta novela o “Me casé con un comunista” de Philip Roth nos has desvelado al fin.
 
Pero la sensibilidad y genialidad de Dennis Lehane hace que nos cuente todo ello tamizado por el periplo vital de dos personajes inolvidables: Danny Coughlin (hijo de un mandamás de la policía de Boston, de origen irlandés y profundas convicciones sociales) y Luther Lawrence (un afroamericano que llega a Boston huyendo de un pasado turbio por haberse mezclado con el mafioso más peligroso de Tulsa y que necesita una nueva identidad y una nueva vida partiendo de cero).
 
Y todo ello observado a distancia por un famoso jugador de baseball (Babe Ruth) que aparece poco en la novela pero para remarcar determinados momentos, a modo de intermedios de la narración principal, la amistad de estos dos personajes tan lejanos como incompatibles (en principio).
 
Más de 700 páginas subyugantes, apasionantes, vibrantes y que, esa es la mejor noticia de todas, forman parte de una trilogía que completan “Vivir de noche” y “Ese mundo desaparecido”.

Jamás volverá a existir cine como el de los 70, ni directores como George Roy Hill, ni actores como Paul Newman y Robert Redford, ni actrices como Katharine Ross, ni películas como “Dos hombres y un destino”

butch_cassidy_and_the_sundance_kid-117041082-large
Los años 70 trajeron el mejor cine de la historia. Hollywood se hizo adulto (hasta que los 80 lo infantilizara ya para siempre). Llegó el momento de revisitar los géneros y hacerlo con cierto tono maravillosamente vintage para transformarlos y dinamitarlos desde dentro y con todos sus cánones respetados.
 
“Dos hombres y un destino” giró el western, dándole un barniz de dioses inmortales a los forajidos y, sobre todo, introduciendo el humor como un elemento capital de la trama.
 
Para llevar al cine la vida de los míticos asaltantes de bancos y trenes Butch Cassidy y Sundance Kid, se eligió uno de los grandes directores de los 70 (George Roy Hill), dos de los mejores actores de la historia (Paul Newman y Robert Redford), una de las más míticas actrices para mí (Katharine Ross), una canción mítica que permanecerá para siempre en nuestra mente hasta el último de nuestros días (“Raindrops keep fallin´on my head”) y un guión de William Goldman que sabe combinar las escenas de acción con reflexiones acertadas y un ácido sentido del humor que rezuma cada situación y cada diálogo de una exquisitez cómica absoluta. Una soberbia obra de arte la mires por donde la mires.
 
Momentos de tensión rotos por diálogos cómicos entre los dos grandes mitos de la interpretación como ese que jamás olvidaremos en el que ambos solo pueden sobrevivir a sus perseguidores saltando a un río y Robert Redford se ve obligado a confesar a Paul Newman que no sabe nadar.
 
Escenas míticas, paisajes maravillosos, situaciones de gran tensión, acción sin respiro, humor por doquier y esos tres personajes protagonistas que te atraparán y te ganarán para siempre.
 
Y esa manera maravillosa de romper el ritmo narrativo por parte de George Roy Hill con la superposición de fotos que marca la transición de los EE.UU. a Bolivia; o la perfecta e histórica escena final congelada para cumplir la promesa que el personaje de la diosa Katharine Ross promete al espectador: que no queremos ver a dos bandidos míticos muertos. Pura historia del cine.
 
¿La apuesta era superable? Por supuesto, pero para eso tenían que volver a reunirse Paul Newman y Robert Redford bajo la dirección de George Roy Hill en “El golpe” cuatro años después.

Con “La La Land”, Damien Chazelle intentó resucitar el musical clásico, pero todo acabó mal, víctima de sobredosis de planos secuencia y vacío argumental

la_la_land-262021831-large
Fue tan intensa la decepción absoluta que me produjo en su primer visionado la almibarada, sobrevalorada y ñoña “La La Land” que pensé que merecía una segunda oportunidad, por si aquel día me cogió con el cuerpo o la mente cortados y poco hábiles.
 
Pero me temía lo peor. Recé todas mis oraciones ateas antes de que comenzara todo a bailar, girar y cantar delante de mis ojos. Preparé mi espíritu para la tragedia. Jamás imaginé que la tragedia volviera a ser una vez más de tal dimensión.
La película tiene dos elementos absolutamente maravillosos, que hasta yo tengo que reconocer: el virtuosismo visual de Damien Chazelle (aunque el mayor amante de los planos secuencia termine asqueado de tanto plano secuencia por sobredosis) y Emma Stone, perdón, EMMA STONE, porque lo que toca lo convierte en oro, lo que mira en platino y lo que roza en terciopelo. Es una diosa. Es la diosa del cine actual.
 
El problema también es doble: adolece absoluta y olímpicamente de guión y su música (y hablamos de un musical) no trasciende.El guión, si es que existe y alguien lo ha visto o ha percibido que de señales inteligibles de vida, ese guión infame, por el que aún me arden los oídos. Situaciones con deseos de devolver el cine clásico a la vida sin conseguirlo, diálogos que funcionaban en los 50 pero que ahora están corruptos, humor de baja intensidad y drama sin chicha, tontería elevada a la palomita, falta de sustancia absoluta. Simplemente, no había ninguna historia que contar que no se hubiera contado ya en el cine clásico un millón de veces mejor. Y sin duda de forma mucho menos aburrida que en esta ocasión, donde los bostezos ganan a las piruetas en cantidad y calidad.
Pero lo peor no es el atentado terrorista a la cultura que supone el guión de esa infamia llamada “La La Land” de Damien Chazelle. Lo peor es que, musicalmente, no aporta nada. Su música es tan anodina como su argumento. Soporíferas notas musicales para bostezos en forma de guión. La nada por la nada y tiro porque me toca.
Y después viene el empacho estético, y mira que el tipo es un genio, como demostró en “Whiplash” (también un hacedor de fracasos, como en “First Man”): Chazelle quiso hacerse notar, llamar la atención, hacer el plano secuencia más difícil todavía para destacar en algo, ya que la música y el guión no estaban llamados a ello. Y vaya si destacó. Está claro que es alérgico a las salas de montaje y lo suyo es hacer piruetas, pero sin la maestría ni el sentido de Paul Thomas Anderson.
Imagino que no ganaron para Biodramina para los operadores de cámara en esas miles de vueltas y vueltas que nos obliga a dar en torno a cualquier cosa, cámaras girando y girando con el rumbo perdido, como la peli, francamente espantosa de solemnidad.
Desde “The Artist” no había vivido una sobrevaloración estúpida e injustificada de tal tamaño.
Ni rastro de ninguna esencia de musicales de verdad, como “West Side Story”, “Cabaret”, “All That Jazz”, “Bailar en la oscuridad” o “Once”. Eso sí son musicales, esto es otra cosa mucho menos digna.

Se puede contar la nada cambiando el rumbo del cine (“Roma” de Alfonso Cuarón) o quedarse en el intento minimalista y lánguido de “Las herederas” de Marcelo Martinessi

las_herederas-820009352-large
Hay muchas maneras de no contar nada. Se puede hacer cambiando las reglas del cine y haciendo historia como lo ha logrado el mexicano Alfonso Cuarón con “Roma”. O se puede hacer con un resultado, igualmente intimista, minimalista y elegante pero un tanto vacío, como ocurre en la ópera prima del director paraguayo Marcelo Martinessi en “Las herederas”.
 
Valiente cinta que denuncia dos realidades sociales asfixiantes en la Paraguay actual de forma simultánea: la del heteropatriarcado y la de un capitalismo que ha asfixiado a la población. Y lo hace mediante la historia de dos lesbianas sexagenarias que tienen que ir vendiendo poco a poco todos los bienes muebles de su casa para poder ir pagando deudas. A esa edad, ya se gasta mucho más de lo que puede ganarse y las cuentas hace mucho tiempo que ya no salen.
 
Tanto es así, que una de ellas acaba con sus maltrechos huesos en prisión porque la miseria lleva a la estafa. La otra, la protagonista absoluta de la cinta, soberbiamente interpretada por la veterana Ana Brun, tiene que espabilar y decide llevar en su coche a señoras mayores convirtiéndose en una suerte de taxista venida a menos a la hora de la jubilación. Ello le aportará algunas experiencias personales que rellenarán cierto vacío argumental del que adolece el guión, todas ellas tragicómicas y agridulces. Notable, sin duda, la de la noche de borrachera con una amiga y su final desastroso.
 
Y se va desarrollando la historia de forma eficaz (pero lánguida), demasiado eficaz, porque no deja rastro de estilo alguno por parte de Martinessi. Y, en una decisión de guión un tanto incomprensible para mí ante tan angustiosa situación econòmica, deciden contratar a una criada interna (ahí es donde el paralelismo con “Roma” se vuelve más diáfano).
 
Entretiene, permite respirar y conocer a los personajes gracias a su ritmo pausado, pero no emociona (ni se vocaliza lo suficiente, porque a veces cuesta seguir los diálogos cuando se convierten en meros murmullos susurrados). Pasable.

De “The guilty”, ópera prima de Gustav Möller, thriller policial desarrollado en un único espacio y con un solo protagonista, esperaba mucho más ante la sobrevaloración de la crítica para el academicismo de la propuesta

den_skyldige-969158316-large
“The guilty”, la ópera prima del danés Gustav Möller, no es una mala película. Es más, es una cinta entretenida, que cumple su función de capturar la atención del espectador y evadirlo de la realidad durante su exacto metraje. Pero me deja durante su proyección la sensación de que podría haber sido mucho más de lo que es. De que le ha faltado una pizca de algo (genialidad) para haber trascendido más allá de lo que es, una buena película policíaca.
 
De elementos mínimos, profundamente minimalista, nos plantea un solo espacio (una sala de recepción de llamadas del 112), un solo personaje prácticamente (un policía con un pasado oculto e intuimos que bastante tortuoso) y una situación límite (recibe la llamada de una mujer que ha sido secuestrada por su expareja y cree que va a matarla).
 
A partir de ahí, y sin salir de la sala, fundándose toda la cinta en los rostros y reacciones de su solitario protagonista y tan solo escuchando toda la acción (esa es la gran baza de esta película, su originalidad y su logro, porque consigue sus objetivos y nos obliga a imaginar todo lo que realmente está pasando y que solo escuchamos, dado que toda la acción se desarrolla fuera de cámara), monta una película de suspense policial para tratar de salvar a la secuestrada.
 
Todo ello basado en una soberbia interpretación (prácticamente en solitario) de Jakob Cedergren. Suena genial, parece un peliculón, la venden como un peliculón, la crítica se ha derretido con ella y, sin embargo… Algo falla, algo no acaba de encajar, algo se queda corto para mí, porque no me emociona, ni me atrapa, porque me resulta epidérmica, fría y, sobre todo, en algunos momentos, con tendencia al telefilm de sobremesa.
 
Es una película correcta, pero nada más. Con un giro final ciertamente impactante e imaginativo, pero su academicismo (formal y de guión) impide que me perturbe. La veo, me gusta, la olvido. Sin más.